Richard Thaler, y la sociedad anómala

Por Ricardo Montaño

15 de febrero de 2018

El, “hombre económico” es inteligente, lógico, paciente, analítico, con un autocontrol infalible, tiene un conocimiento ilimitado y fuerza de voluntad y racionalidad frente a cualquier prueba, lo que le permite evitar ser influenciado por sus emociones, A pesar de todas sus virtudes, este ser (económicamente) ideal tiene un defecto paralizante: ¡no existe!

El más reciente ganador del premio Nobel de Economía Richard H. Thaler (East Orange, 12 de septiembre de 1945) es un economista reconocido por su aporte como teórico en finanzas conductuales y por su colaboración con Daniel Kahneman y otros en el planteamiento de los temas de estudio de este campo del conocimiento. Recibió el doctorado en Ciencias Económicas en la Universidad de Rochester en 1974. Actualmente enseña en la Chicago Booth School of Business University, y colabora con el “National Bureau of Economic Research”.

Thaler logró fama en el campo de la ciencia económica publicando una columna habitual en el Journal of Economic Perspectives que escribió desde 1987 hasta 1990 titulada “Anomalías”, en la que documentaba casos particulares de conducta económica que parecían poner en entredicho la teoría tradicional microeconómica, por eso se le considera uno de los principales creadores de lo que ahora se llama Economía del comportamiento. Es como puede deducirse, un académico excéntrico.

Pero además tiene una condición que los no iniciados en el esoterismo económico agradecemos como una bendición, a pesar de que normalmente aborda asuntos sumamente complejos, es legible y eso es mucho decir, hablando de un tema como este.

Los “Anómalos”

En Misbehaving un libro de memorias, Thaler detalla cómo sentó las bases de la economía del comportamiento como producto de un trabajo realizado a todo lo largo de su vida profesional, en el que mantuvo siempre a la vista la falla fundamental de los modelos económicos formales y es que han sido construidos sobre las “expectativas racionales“, este es el enfoque que dominó la investigación en economía durante el último medio siglo.

En el mismo libro señala que al comparar el desarrollo del mercado y algunas decisiones individuales, los economistas logran intuir las tendencias por venir y partir de esas intuiciones, proporcionar valiosa información que sirve a las élites que forman parte del Metapoder, a los líderes mundiales, sobre las decisiones que deben tomarse. Por lo tanto según Thaler, “están en el corazón de la formulación de políticas, tanto públicas como privadas, que han controlado durante varias décadas”.

Los teóricos económicos tradicionales (o sea los que siguen la teoría neoclásica) son los que llamaron a estos comportamientos impredecibles “anomalías” y a partir de allí, para comprender mejor estos fenómenos, surgió una nueva disciplina alternativa: la economía conductual, que combina la psicología social y la economía.

Lo que va del “Homo Economicus” al eslabón perdido

En determinado momento de las reuniones sociales, sobre todo cuando la gente comienza a sentirse eufórica, es muy común que alguien anuncie con gran seriedad a los amigos que lo rodean, que quiere dejar de fumar, empezar a consumir comidas balanceadas o comenzar (o reanudar) actividad física regularmente. Sin embargo, durante la próxima reunión, él o ella seguirá fumando y comiendo alimentos poco saludables, y su nuevo par de zapatillas para correr aún estará cuidadosamente guardado en la caja original. Estas situaciones de la vida cotidiana tienen al menos dos cosas en común: todas son muy frecuentes y sobre todo, contradicen los axiomas de la teoría económica estándar.

La teoría económica estándar estudia las decisiones de un individuo equipado con muchas ventajas (desde un punto de vista económico, es decir). Él o ella es inteligente, lógico, paciente, analítico, con un autocontrol infalible, tienen un conocimiento ilimitado y fuerza de voluntad y racionalidad frente a cualquier prueba, lo que le permite evitar ser influenciado por sus emociones. Sumado a esto el egoísmo que lo hace totalmente impermeable a las influencias sociales, es un perfecto “homo-ecoconomicus”

Todas estas características le permiten tomar solo decisiones “óptimas” informadas sobre su enfoque puramente utilitario. Tal visión de los seres humanos es muy práctica para el desarrollo de modelos económicos porque estandariza a los individuos al fijar su personalidad. Como quiera que sea, las ciencias económicas no pueden escapar de un problema considerable. A pesar de todas sus virtudes, este ser (económicamente) ideal tiene un defecto paralizante: ¡no existe!

¿Quién puede decir que los seres humanos “reales” no son emocionales, impulsivos, distraídos, altruistas, propensos a la postergación y la toma de decisiones guiados por ganancias instantáneas? El resultado económico óptimo no es realmente un problema importante para los seres humanos. Tener la información relevante sobre conductas de riesgo, por ejemplo, no es suficiente para que un individuo lo abandone: todo lo contrario.

Todas estas características específicas para los humanos han sido estudiadas e integradas durante años en los modelos de toma de decisiones de los psicólogos, mientras que la tendencia dominante en economía no las ha tenido en cuenta o, en el mejor de los casos, las ha subestimado.

Sin embargo, no siempre ha sido así.

Ya lo había dicho Adam Smith

Antes de que surgiera este galopante enfoque matemático y de racionalización de la economía, ciertos economistas, hace más de dos siglos, ya habían descrito el papel de los factores emocionales en la toma de decisiones económicas, entre ellos, Adam Smith, conocido por su concepto de “mano invisible“, en su obra titulada “Teoría de los sentimientos morales” sentó las bases de ciertos conceptos de la economía del comportamiento desde el siglo XVIII.

No mucho más tarde, Jeremy Bentham, el padre del utilitarismo, clave de la economía neoclásica, también abordó ciertos sesgos psicológicos.

¿Eso significa que la psicología se puso en la misma categoría que la economía? En realidad no se trata simplemente del deseo de fortalecer un campo considerado menos riguroso que otras disciplinas aunque a manera de justificación se puede afirmar que tuvo su origen en las Humanidades. A fines del siglo pasado, el enfoque del físico hacia la economía triunfó y mantuvo su influencia durante varias décadas, siendo aún la tendencia dominante, incluso hoy en día.

No obstante, se trabajó y ello permitió actualizar, de manera sistemática, ciertos comportamientos contrarios a las hipótesis de racionalidad actuales para la toma de decisiones. Los dos artículos co-escritos en la década de 1970 por Amos Tversky y Daniel Kahneman (que más tarde se convertiría en el ganador del Premio Nobel de Economía en 2002) son considerados por muchos como elementos clave en el desarrollo de la economía del comportamiento.

El primero, publicado en 1974, mostró que los juicios probabilísticos presentados no cumplen los criterios estadísticos. El segundo, que data de 1979, es sin duda uno de los artículos más influyentes de finales del siglo pasado. Describe la asimetría entre el dolor causado por la pérdida y el placer que se siente por la ganancia. Ofrece una teoría de la aversión a la pérdida más de dos siglos después de las primeras intuiciones de Adam Smith.

Mejorar el nivel de vida sin sacrificar la libertad

Desde estas contribuciones fundamentales, la economía conductual ha continuado desarrollándose, alimentada por observaciones del comportamiento de seres humanos reales, en su vida diaria así como en experimentos de laboratorio, lo que permite obtener estadísticas sobre anomalías económicas famosas (decisionales o conductuales).

Este enfoque es totalmente diferente de la economía estándar. No consiste en desarrollar modelos abstractos con los que pueda intentar predecir el comportamiento de individuos hipotéticos (no realistas). Esta disciplina observa y analiza las características del comportamiento humano muy real para luego tratar de elaborar modelos a partir de ciertos factores no variables.

Como afirman Colin Camerer y George Loewenstein: “En el núcleo de la economía del comportamiento está la convicción de que aumentar el realismo de los fundamentos psicológicos del análisis económico mejorará la economía en sus propios términos, generando conocimientos teóricos, haciendo predicciones de fenómenos de campo y sugiriendo una mejor política“.

En consecuencia, ¿no sería posible utilizar el conocimiento resultante de los experimentos y observaciones en las ciencias del comportamiento para ayudar a las personas a adoptar prácticas que son menos riesgosas para su salud? Estas estrategias ya se han utilizado con éxito en áreas tales como la financiera y la del ahorro de energía. Trabajar con temas como la tendencia a la inercia ante el cambio y el cumplimiento de las normas sociales, por citar solo algunos ejemplos, podría permitir mejorar el bienestar de las personas sin privarlas de su libertad de elección.

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The Behavioral Foundations of Public Policy-Eldar Shafir, ed. (2012).


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