La Sociedad Mafiosa

Por Ricardo Montaño Sánchez

5 de abril de 2017
Imagen: https://www.flickr.com/photos/eneas/9541685862

La sociedad mafiosa se caracteriza primero, porque se deja deslumbrar por la ostentosa exhibición de sus bienes que hacen los nuevos ricos, sin tener en cuenta el origen de la riqueza o los medios de que se hayan valido para lograrla y segundo porque a los nuevos ricos les importa un bledo la comunidad de la que formaban parte o el interés general.

El actual episodio de Odebrecht en el que se ha demostrado que la Multinacional brasileña, pagó sobornos en al menos doce países de la región -incluída Colombia- para quedarse con contratos de infraestructura y energía, es solamente el más reciente capítulo de la larga historia de la sociedad mafiosa.

Parte de esos dineros al menos en el caso colombiano, habrían ido a parar en forma de sobornos a las campañas presidenciales de 2010 y 2014 los beneficiados serían Juan Manuel Santos, y Óscar Iván Zuluaga -sin que ellos lo supieran, por supuesto –. Hasta ahora la suma “invertida” por Odebrecht supera los 700 millones de dólares, once de ellos en Colombia. Este caso que no es el único, pero es suficiente prueba de que la nuestra es una sociedad que se rige por las reglas de la mafia o en su versión corta, una sociedad mafiosa. La calificación surge del trabajo del profesor Óscar Mejía Quintana, de la Universidad Nacional de Colombia, titulado “la cultura mafiosa en Colombia y su impacto en la cultura jurídico-política”

“Poderoso caballero es don dinero”

La primera y clara señal de que la nuestra ha pasado a ser una sociedad que profesa la cultura mafiosa es que es a través del dinero que posee y ostente como se mide la importancia de una persona. De dónde lo haya sacado no importa, los méritos y logros, el esfuerzo personal, el “sudor de la frente”, ya no cuentan o pasan a un segundo plano.

La segunda es el comportamiento de sus élites que primero toleran el comportamiento ostentoso de los “nuevos ricos” como un mal necesario y luego de denigrar de ellos y de los antivalores que siguen -como el amor enfermizo por el dinero fácil, los bienes suntuarios, la opulencia y “las mujeres plásticas”-, terminan asumiéndolos como propios.

La clase política hizo posible la cultura mafiosa

La transformación social de nuestro país se fue dando desde los años sesenta aunque es posible detectar algunos antecedentes que pasaron de los populares cantos de Escalona a la memoria popular: “Allá en la Guajira arriba donde nace el contrabando el Almirante Padilla barrió a Puerto López y lo dejó arruinado”. La primera etapa entonces se da en la Costa Caribe con el contrabando, luego en el altiplano cundiboyacense con el negocio de las esmeraldas y arranca en serio con la bonanza marimbera que casualmente tuvo que ver con las dos regiones.

Como señala Alfredo Molano citado el mismo trabajo, los negocios ilícitos traían aparejados sus estrategias de defensa e intimidación; Chulavitas y pájaros en los cincuentas; bandas de esmeralderos como la de Efraín González en los sesentas y de allí a terroristas y paramilitares con el narcotráfico.

La aristocracia del país se burló durante algún tiempo de las formas como narcos y traquetos trataban de ganarse el reconocimiento público hasta que se dieron cuenta de que mantenerse simplemente como “gente bien” no les garantizaba la seguridad ni la prosperidad económica, así que muchos se cambiaron de bando y montaron sociedades con los que antes despreciaban.

Las curules de la mafia

Esa sociedad no podía haber sobrevivido sin alguna forma de legitimación, era necesario penetrar al Estado y comenzaron por el Congreso a finales de los ochenta. En ese momento no se trataba de que algunos miembros del parlamento establecieran nexos con el narcotráfico puesto que ya existían, sino de que los capos mismos adquirieran curules y por esa vía la protección de sus negocios ilícitos con la inmunidad parlamentaria. A esta osada iniciativa se opusieron Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán en nombre del nuevo Liberalismo y lo pagaron con sus vidas.

El segundo paso fue el de elevar a la condición de norma constitucional la prohibición de extraditar colombianos, era la primera operación en la toma por asalto del Estado colombiano, que luego de una guerra terriblemente despiadada entre Colombia y los narcotraficantes encabezados por Pablo Escobar, convirtió al nuestro en el único país del mundo en incluir esta norma en su carta Constitucional. El control o la influencia determinante en el Estado colombiano por parte de la mafia del narcotráfico, se consolidó con la entrada de dineros procedentes del narcotráfico a la campaña del entonces candidato Ernesto Samper, infiltración de la cual él también se enteró posteriormente.

El regreso de la barbarie

A partir de allí se producen las dos alianzas más nefastas de la historia de Colombia: la que se produjo entre las élites regionales de terratenientes y ganaderos con los narcotraficantes para protegerse de los grupos guerrilleros y la del Estado con los grupos de narcotraficantes especialmente los de Cali y Medellín. De la primera surge el paramilitarismo y de la segunda el Estado mafioso que hoy lucha por desenredarse del lío en que lo ha metido la nueva mafia de Odebrecht.

El fracaso del gobierno de Andrés Pastrana al intentar la solución negociada con la guerrilla de las FARC, permitió en cambio, el auge del narcoparamilitarismo que asumió con el apoyo de un sector de las Fuerzas Armadas el combate que era responsabilidad del Estado colombiano y llevó luego a un muy discutido acuerdo de paz con el narcotráfico y el paramilitarismo durante el gobierno de Álvaro Uribe, que significó ni más ni menos que la justificación de la barbarie, que es hasta donde finalmente llega una sociedad que ha cambiado de valores.

Recomendados Librepensador:

Óscar Mejía Quintana, La cultura mafiosa en Colombia y su impacto en la cultura jurídico-política en Revista Pensamiento Jurídico, Núm. 44 (2016): Rama Judicial de la teoría a la práctica.

El Tiempo -Las preguntas claves sobre el escándalo de corrupción de Odebrecht 

CNN – Cinco claves para entender el escándalo Odebrecht en América Latina


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