La importancia del odio

Desde el siglo XVIII se ha generado con fuerza la idea de que todos los seres humanos pertenecemos a una inmensa fraternidad, y en el momento en que comprendamos eso, se terminarán todas las guerras, todas las fronteras, y la humanidad finalmente encontrará la paz.

En realidad, los antecedentes a este ideal ilustrado se encuentran en los procesos evangelizadores de las grandes religiones monoteístas, en las cuales no era la luz de la razón sino aquella de un dios todopoderoso la que unificaría a toda la humanidad en un amor colectivo y pacificador. De forma más reciente, la promoción del universalismo encontraría su máximo ridículo hace aproximadamente cincuenta años, cuando una generación sobrevalorada (y de la que muchos aún caen en su estafa), temiendo las realidades vividas por sus antecesores unos años antes consideraron que, si la suficiente gente “buena” se reunía y proyectaba su amor, el mundo iba a cambiar. Hasta ahora la idea es un éxito rotundo.

No obstante, desde sus mismos orígenes teocéntricos ese amor universal se ha manifestado de cualquier manera, excepto como una rama de olivo. No hace falta ahondar en gran medida los cruentos choques que han tenido las religiones monoteístas desde su fundación, pero a riesgo de caer en un lugar común, no se pueden omitir estas pruebas de amor por el prójimo. Similarmente, cuando se consideró que sería la razón la que superaría estas barreras religiosas, unos cuantos se atribuyeron la misión de “educar” al resto de la humanidad en su desinteresada proclama, llegando hasta el exceso de adjudicarse una superioridad que delataba una tremenda inseguridad. Del último caso, solo resta decir que en la práctica gobernaron de la misma manera en que lo hicieron sus antepasados, legándonos en su paso un lenguaje “políticamente correcto” repleto de eufemismos que confunden más allá de unificar, y un concepto de la autoestima como un tesoro sacro que conduce a un ensimismamiento absurdo donde cada individuo es una causa en sí misma.

El problema detrás de estos ejemplos, y muchos otros que se pueden traer a colación, es que no logran superar una de las paradojas que ha aquejado a la humanidad desde sus inicios, y ésta es su propia supervivencia. Es claro a todas luces que los humanos somos una especie social, y que requerimos unos de otros para garantizar tanto nuestra supervivencia individual como la colectiva; sin embargo, dentro de estas asociaciones emerge aquello que consideran valioso y cohesionador, calificando a su opuesto aquello que se debe rechazar a toda costa para mantener la sociedad, incluidos otros seres humanos. De ahí, es que los ejemplos citados siempre culpen de sus fracasos a esos “otros” que no han querido testificar a la grandeza de su proyecto, y en consecuencia deben ser integrados (a las buenas o a las malas).

Añadido a esto, la humanidad se ha encontrado en una incansable lucha por alcanzar un estado elevado que la aleje de las demás especies de la naturaleza, rechazando de manera tajante sus instintos más básicos. Pero es precisamente ese sentimiento visceral que compartimos hasta con la más miserable de las especies, el deseo de mantener nuestra existencia, lo que entendemos como odio, lo que nos impulsa a defender nuestra propia integridad corporal y societal frente a la incertidumbre que le aqueja, muchas veces representadas en otros grupos sociales. En otras palabras, el amor podrá ser lo que nos hace sentir vivos estando en sociedad, pero es el odio el que nos da un propósito de vida al rechazar con una inyección de adrenalina lo que percibimos como amenazante y nocivo.

Por supuesto, dentro de la sociedad el odio no es aceptable puesto que acabaría con ella misma, al ser el amor “el abandono de todo ego”, “la fundición de las almas”, y demás epítetos cursis que justifican una cohesión más fundada en el pragmatismo que en la emocionalidad. Por ello, no es de sorprenderse que cada vez que se borran viejas fronteras y distinciones se generan unas nuevas, e incluso cuando la humanidad tiene el chance de generar una consciencia colectiva, generamos odios por cosas que pueden parecer estúpidas, como los equipos deportivos, el gusto por ciertos estilos artísticos, estéticos y/o musicales, e incluso el tipo de vehículo que se usa. Persiste en nuestras tripas ese instinto que de eso tan bueno no dan tanto, y prefiero que yo y los míos (quienes quieren que sean) sean los que accedan a estos favores, así sea a costa del resto. De otro modo, correríamos el riesgo de desaparecer.

Una curiosidad adicional, en estos días de emotividad desbordante y que se considera un igualitarismo procustiano el máximo valor social, hay que anotar que el odio es ciego en sus objetivos logrando una mayor igualdad. Mientras que históricamente el amor ha sido condicionado a quienes puede otorgárseles, tasando también la medida en que se debe proporcionar; con el odio no se discrimina, al ser considerado un sentimiento abyecto, y a la larga no tiene importancia hacia quien o que está dirigido y en qué medida. Fácilmente es el más igualitario de los sentimientos.

Así entonces, es el odio el que permite que las sociedades sobrevivan hacia afuera, frente a otras sociedades y otras amenazas externas, mientras que el amor intenta mantener dichas sociedades unidas; es ese instinto básico que nos aferra a la misma existencia que damos por cierta. De pronto, de darse como en un filme hollywoodense nos vemos amenazados por una especie externa, lograremos sacar el odio de la humanidad y dirigirlo hacía otro objetivo, mientras tanto cargaremos con vivir teniendo recursos escasos en la cima de la cadena alimenticia. Con esto dicho, que tengan un mal día y los odio a todos.


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