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Skateboard
20 de septiembre de 2021

Skateboarding: de la rebeldía juvenil a la institucionalización

Por: Alejandro Bohórquez-Keeney

Entre las novedades presentadas en los juegos olímpicos de Tokio 2020 está la inclusión del skateboarding o patineta entre los certámenes a disputar en el mayor evento deportivo, lo que levanta ciertas dudas y cuestionamientos al tratarse de una actividad cuya historia va ligada a la rebeldía juvenil y lo contracultural. Si bien por un lado se levanta la ampolla entre los puristas y aquellos que quieren mantener el carácter de “forajido” del skater, por otro lado, la visibilización de esta práctica deportiva va más allá de mostrarle al mundo las destrezas requeridas para la misma, sino aquello que sus adeptos históricos no necesariamente ven. Un nuevo deporte olímpico, antes una actividad repudiada y hasta criminalizada, aporta nuevos temas de discusión sobre la mesa en un momento de muchos cambios.

El skate como irreverencia

Desde sus inicios a fines de la década de 1970, el skate se posicionó como una actividad simbólica del joven disruptor que confronta a las generaciones anteriores, al practicarse en espacios callejeros donde se corría el riesgo de atropellar a los desprevenidos transeúntes que se atravesaran, ganando así la persecución de más de una autoridad adulta añadiendo un componente extra de peligro. Claramente, este tipo de transgresiones adrenalínicas no se encuentran en los espacios preparados para la versión olímpica del skateboarding, y ese es el principal alegato de aquellos skaters curtidos que ven esta ausencia de riesgo adicional como una cooptación de una práctica en cierto modo rebelde, para hacerla más aceptable a un público general quitándole ese filo (y cierta exclusividad) que trae consigo el fruto prohibido. De hecho, algunas tiendas consagradas al skateboarding han cambiado el viejo eslogan “el skateboarding no es un crimen” por “el skateboarding ES un crimen, NO un deporte olímpico”, resaltando el mencionado descontento.

Es más, debido al momento y lugar histórico de aparición del skateboarding, este creció de la mano con el Hardcore Punk, compartiendo no solo el gusto por lo disruptivo y lo desafiante, sino también el gusto por las altas velocidades tanto en la tabla como en las bandas que proveían una banda sonora perfecta. Esto ha llevado a que el skateboarding comparta con este estilo musical esa curiosa paradoja, en que para mantener su estatus de rebeldía debe mantener un delicado equilibrio entre el estrellato y el olvido; no se debe olvidar que ya una variante definida como Skate Punk tuvo su momento de gloria en los 1990 con The Offspring, NOFX o Pennywise, conduciendo a cierto desdén por parte de los adherentes más estrictos. A pesar de la ganada popularidad, pareciera que la inclusión en los juegos olímpicos del skateboarding se percibe como la cereza del helado que hace perder credibilidad rebelde.

Aunando los dos argumentos anteriores, otra de las razones que se mencionan para rechazar el skateboarding como deporte olímpico por parte de algunos de sus seguidores, es precisamente el hecho que esta era la actividad física contraria a los deportes tradicionales practicados por los “chicos populares”. El skateboarding era la actividad del excluido, de aquel que no encajaba con las expectativas sociales, en especial en la sociedad americana donde los deportistas tradicionales tienen un estatus sobredimensionado, y aquellos que no poseen ese perfil suelen estar al fondo de la cadena alimenticia. De ahí, que el adquirir una institucionalización olímpica significa para muchos la pérdida de ese espacio de albergue frente a las expectativas habituales, haciendo que los “jocks” invadan este espacio también.

Lo olímpico del skate

Ahora bien, la notoriedad del skateboarding ha tenido también voces importantes que la apoyan, como es el caso del legendario Tony Hawk, considerado el mayor skater de todos los tiempos, quien además de comentar las transmisiones televisivas de los certámenes, ve con buenos ojos que más gente se acerque a este deporte. No por nada, desde hace décadas Hawk ha prestado su nombre para impulsar videojuegos, bandas sonoras y todo tipo de productos para promocionar el skateboarding, el cual temía podía desaparecer como cualquier otra moda, y como buen fanático quería compartirle al mundo lo que encuentra cautivante del objeto de sus afectos. De repeso, se podría argumentar que esa imagen rebelde del skate hoy en día es un cliché, al igual que la cauchera, elementos infaltables del otrora “niño terrible” Bart Simpson (quien en un episodio conoce a la figura del skateboard).

En consecuencia, Hawk y aquellos que apoyan la inclusión del skateboarding en los olímpicos, ven esto como la oportunidad perfecta para crear nuevos espacios de promoción, sea erigiendo mejores skate parks, con mayor espacio y facilidades para lograr más adeptos y mejores destrezas. Quizás, el perseguir una potencial presea dorada trivialice el montar tabla por el puro gusto de hacerlo, pero el que se hagan mejoras puede llevar agregado a tener más adeptos e imponer nuevas marcas de rendimiento, a un mayor reconocimiento de todo el trabajo que esto implica, y para muchos esto es un plus. Aunque se teme una pérdida del “alma” del skateboarding, finalmente puede pesar más la necesidad siempre humana de lograr reconocimiento y aceptación por el resto de la sociedad, en especial, por algo que todos sus adherentes consideran más que un deporte, un estilo de vida.

Otra ventaja que ha salido a flote con la aparición de este nuevo deporte olímpico es algo que actualmente cada vez cobra más relevancia en la agenda social y política, y esto es todo aquello relacionado con los temas de género. Bajo esta óptica, por más rebelde y confrontativo que sea el skateboarding, es otra de tantas actividades donde se muestra una clara dominancia masculina, ejemplo de esto es el Tampa Pro que solo hasta su edición número 26 incluyó participación de mujeres, siendo esto el año pasado; al tener los juegos olímpicos categorías para hombres y mujeres, se ha podido aprovechar para visibilizar a las mujeres skaters, resaltando en particular a la japonesa Momiji Nishiya, que con solo 13 años conquistó el número uno del podio. Aunque esto no soluciona del todo el problema, e incluso rondan las críticas de que las atletas en Japón no logran movimientos tan espectaculares como sus contrapartes masculinas, el que puedan participar se ve como un paso adelante a una mayor inclusión dentro de este deporte.

Con todo esto, es apreciable todo lo que hay alrededor de un deporte que, o bien se queda en la marginalidad con el riesgo de desaparecer en ella, o se institucionaliza y se expande con el temor de perder es atractivo inicial que trae consigo la efervescencia juvenil. De todos modos, el que se incluyan este tipo de actividades físicas más callejeras logra refrescar y hacer más interesantes los juegos olímpicos, que se encuentran constantemente bajo la sombra del posible estancamiento y pérdida de audiencia, atrayendo a otros públicos y generaciones, con nuevas miradas, y acercándose al mítico ideal de un evento que reúna a toda la humanidad. Pero claro, todo tan bonito e ideal es bastante aburrido, y con suerte, deportes como el skateboarding le den ese filo que le hace falta a los olímpicos desde hace un muy buen tiempo.

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