La diplomacia embarazosa de Trump

Por Duly Albarracin

1 de septiembre de 2017
Imagen: Office of the President of the United States

Donald Trump ha pretendido darle un manejo armónico a la diplomacia estadounidense, manteniéndose firme en sus ideas y cediendo poco en las negociaciones. Lo cierto es que las decisiones que ha tomado en materia migratoria no han dado buena impresión en el exterior, y eso se ha visto reflejado en los encuentros que ha tenido con mandatarios de los países aliados a Estados Unidos. Además, el manejo de la diplomacia con su principal contrapeso, China, lleva por la cuerda floja una posible relación prudentemente amistosa entre los dos países.

Las visitas “amistosas”

El pasado 17 de marzo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió a la canciller alemana Angela Merkel. El encuentro, aunque fructífero según los participantes, fue reportado por los medios como “incómodo”. Pareciera como si los mandatarios se hallaran distantes el uno del otro. Y no es para menos. La canciller alemana se ha manifestado en contra de los vetos migratorios emitidos por Trump, y además la tensión se ha hecho presente con relación a las críticas directas a Alemania por su participación económica dentro de la OTAN. Por su parte, Trump critica la política de acogida a los refugiados de Alemania, considerándola un “error catastrófico”. A pesar de ello, tratan de mantenerse como potencias líderes del pensamiento liberal en el mundo, manteniendo las discusiones y acuerdos en materia de industria y libre comercio.

Sin embargo, parece haber un sentimiento generalizado de rechazo implícito por parte de los mayores aliados de Estados Unidos, como Canadá y el Reino Unido.

El 13 de febrero, Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, y Donald Trump tuvieron un encuentro en Washington D.C., el cual también mostró incomodidad y donde el apretón de manos, por poco, también brilla por su ausencia. Queda en el aire el porqué de este ambiente en la reunión, si se trata de dos aliados con importantes lazos económicos y fronterizos.

Lo mismo ocurre con Reino Unido. Los ciudadanos británicos rechazan la futura visita de Estado que el presidente Trump realizaría al país anglosajón, poniendo entre la espada y la pared al gobierno británico, ya que se estaría rechazando a uno de sus principales aliados.

¿Por qué las relaciones de estos países con Estados Unidos tienen una doble cara? Una explicación podría ser que Trump deja de lado la promoción de los valores liberales que caracterizan a EE.UU y que mantienen estables sus vínculos con estos países. Merkel camina en arena movediza al tratar de mantener óptimas relaciones con Trump a pesar de que este se oponga a el recibimiento que ha hecho a los refugiados, que le ha dado tan buena imagen en su país y en la Unión Europea al contar con la mayor cuota de refugiados recibidos, amortiguando la crisis migratoria que afecta al continente. Si llega a simpatizar con Trump más de lo necesario, su futuro político será incierto.

Lo mismo sucede con Trudeau. Este mandatario se muestra sutilmente desafiante, y esto se puede evidenciar en la bienvenida a los refugiados expresada en Twitter luego del primer veto migratorio de Trump. Trudeau ha de jugar sus cartas hábilmente si no quiere perder a su principal socio comercial sin decepcionar a sus seguidores. Después de todo, la defensa de los valores liberales y progresistas es lo que caracteriza al primer ministro canadiense.

Además de un rechazo a una posible visita de Trump, los británicos rechazan los vetos migratorios del presidente, obligando al gobierno británico a pronunciarse al respecto, por lo que éste ha adoptado una posición de crítica diplomática apelando a la soberanía pero dejando claro que no comparte la postura del mandatario estadounidense. La presión sobre el gobierno es mayor teniendo en cuenta que es reciente y que tiene como reto estabilizar al país con el Brexit como horizonte.

Una vez más, se observa cómo resulta complejo mantener relaciones con Estados Unidos sin tener que adoptar una posición “hipócrita” para no quedarle mal al liberalismo ni a la alianza que la relación con este país representa.

Y con los “no tan amigos”, ¿qué?

Si para los aliados de Estados Unidos resulta difícil ejercer la diplomacia en la era Trump, el tema se torna más complicado para sus competidores, por ejemplo, para China.

Las relaciones con China han tomado varios matices desde la campaña de Donald Trump. Durante este primer momento, Trump arremetía contra los chinos, ya que los acusaba de “robarle empleos a los ciudadanos estadounidenses”. En sus primeros momentos, el gobierno de Trump se mostró firme a apoyar la política de “Una sola China”, es decir, el reconocimiento de un solo gobierno chino. Este apoyo se vio afectado luego de la inconformidad y el reclamo del gobierno chino ante comunicaciones de Trump con su homóloga taiwanesa. En las últimas semanas, el presidente Trump parece apoyar la política, lo que puede explicarse por un mejor manejo de la diplomacia con China que le da la relevancia que se merece a la cuestión con Taiwán.

Es posible observar, entonces, que la diplomacia no es el fuerte de Trump, pero que es aún más difícil si su política soporta los ejes de la potencia en su política exterior tradicional: apoyo en seguridad y desarrollo y liderazgo en organizaciones multilaterales. Todos estos, siendo aspectos característicos  liberales, se vuelven la manzana de la discordia entre Estados Unidos y sus aliados, contribuyendo aún más a al nocivo proyecto de aislamiento del gigante americano.

Donald Trump debe barajar mejor sus cartas diplomáticas si quiere seguir dentro del juego de poder, de lo contrario, otros tomarán importancia en el juego, o peor, cambiarán las reglas.

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