¿Por qué quiero el Sí al plebiscito sobre los Acuerdos de Paz?

Por Sebastián Grajales

viernes 30 de septiembre de 2016

Soy un estudiante como muchos otros en Colombia, apenas tengo 23 años de vida y he vivido 22 años de esos en un país en guerra. Antes de cambiar mi situación y residencia en Colombia, no percibía lo que era en realidad vivir en un país en conflicto.  Tuve la oportunidad de vivir en Finlandia, un país que lleva un siglo con ausencia de violencia o conflictos armados. Las dinámicas sociales, económicas, políticas y culturales entre ambos países son marcadas por una gran diferencia: su población.

¿Por que? Porque todos los colombianos, sin discriminar a ninguno, hemos crecido en un país que ha vivido en guerra. No en guerra en contra los grupos insurgentes o guerrillas, ni una guerra en contra del narcotráfico, hemos vivido en guerra desde que se instaló la Corona Española en el territorio.

En esta tierra se han asesinado indígenas, afro-descendientes, no católicos y cualquier otro ser humano que no compartiera los ideales coloniales de la Corona Española y la Iglesia Católica, durante más de 300 años (1500-1800).

Sumado a esto, se asesinaron criollos y realistas durante la guerra de la independencia, cosa que generó más odios y conflictos en la sociedad, sumando a las innumerables masacres por el país en la campaña independentista.

Continuando con esto, a partir de la constitución de la República de la Nueva Granada hasta República de Colombia, el país ha vivido en constantes guerras y conflictos entre colombianos, entre liberales y conservadores, entre federalistas y centralistas, entre católicos y no-católicos, entre ricos y pobres, y así fue la vida diaria de Colombia hasta finalizar el siglo XIX, cuando la hegemonía conservadora se tomó el poder en el país y comenzó a justificar la violencia de Estado.

Al iniciar el siglo XX, la estructura del Estado colombiano permitía que figuras públicas ejecutaran acciones militares en contra de la población civil; es decir, el Estado podía asesinar sin problemas, a fin de cuentas era necesario erradicar con los ‘malechores’, los comunistas, los radicales, los liberales, los conservadores, los rebeldes, los sindicalistas o cualquier tipo de insurgencia en contra del status-quo.

En 1928, el Estado colombiano a manos del general Cortés Vargas asesinó a más de 800 trabajadores que estaban exigiendo sus derechos laborales, fue un hecho ejecutado por el ejercito de Colombia y aplaudido por la Embajada de los Estados Unidos y la United Fruit Company, hecho conocido como la Masacre de las Bananeras.

Desde aquí se justificó otro de los errores del Estado: accionar en contra cualquier figura de rebeldía y financiar ejércitos para esto. Además, se justificó la estigmatización política de los colombianos que pensaran diferente.

A mitad del siglo XX, el país tenía una estructura política de guerra, y fue aquí el momento en que la población más pobre y vulnerable (colombianos), deciden actuar de la misma forma que la había hecho el Estado colombiano: con violencia y con armas. Así nacieron los primeros grupos guerrilleros de Colombia.

A partir de este momento, el escalonamiento de la violencia en Colombia no paró, llegó el Frente Nacional para apaciguar la guerra entre los mismos miembros del Estado, pero se enfatizó la guerra en contra de las guerrillas.

Llegando 1970, la estructura de violencia del país permitió el auge de la producción de droga y comenzó a convertirse en algo más complejo el conflicto de Colombia. En 1980, Colombia no vivía en una guerra contra guerrillas nada más, sino en contra del narcotráfico, los agentes contrarios políticamente al Estado, y contra la población civil que tuviera nexos con las guerrillas, dándole paso a las Auto-defensas Unidas de Colombia (AUC).

Para 1990, el primer cambió radical del país se vivió, y fue la construcción de una nueva constitución que tuvo en cuenta muchos puntos de vista del país, incluyendo a los indígenas, afro-descendientes, no católicos y cualquier otro ser humano que no compartiera los ideales del Estado, que durante siglos fueron discriminados. Incluso grupos guerrilleros se unieron al proceso (M-19), y así se le abrió el siglo XXI al país.

A pesar de esto, los grupos guerrilleros de mayor alcance (FARC-EP) no participaron de la constituyente, y la guerra se enfrascó contra ellos, quienes se habían convertido en lo que fue el país en el momento, haciendo lo mismo que hacia el Estado: imponer violencia, secuestrar, extorsionar y tener nexos con el narcotráfico (Pablo Escobar fue congresista).

El inicio del siglo XXI, y el contexto internacional en contra del terrorismo, hizo que la estructura violenta, pero reformada del país, continuara ejecutando acciones en contra de la población civil. Los 2000 estuvieron marcados por escenas de: masacres a cargo de las AUC (Masacre de El Salado); secuestros (Ingrid Betancurt); atentados por parte de las FARC-EP (bomba del Club el Nogal) y del ELN; e innumerables ataques militares del Ejército de Colombia a los grupos guerrilleros (Operación Jaque). El Estado colombiano, y la sociedad colombiana siguen, ha 2016, viviendo en un país en guerra, en conflicto, lleno de violencia, y marcado por odios cuyas raíces provienen desde que se instaló la Corona Española en el territorio.

El 26 de septiembre de 2016 se firmó uno de tantos Acuerdos de Paz entre el Gobierno de Colombia y algún grupo insurgente. Esta vez, fue entre las FARC-EP, la milicia política que durante más de 52 años le dio la lucha al Estado. Sin embargo, este acuerdo significa algo más para la población.

El Gobierno de Colombia lo ha vendido como “La Paz” y pareciera irónico que, luego de conocer la historia del país, por primera vez la estructura estatal se esté configurando de tal forma que pareciera que en realidad sí se anhela la paz.

A esto me refiero a que por primera vez, el Estado violento de Colombia se está re-construyendo para dejar de ser violento. Esto lo justifico con acciones visibles del Estado: constitución de la Agencia Colombiana para Reintegrados, Unidad de Atención y Reparación Integral de Victimas, Centro de Memoria Histórica, Alta Consejería para el Posconflicto y los Derechos Humanos, entre otras. Además, el mismo hecho de haber negociado y dialogado con las FARC, es la prueba vivida que por primera vez, durante toda nuestra historia violenta y en guerra, podremos cambiar todos como sociedad para lograr algo que en muchas sociedades del mundo adquirieron el siglo anterior: la paz entre sus nacionales.

Sorprende y emociona saber que la oportunidad de comenzar a construir un país diferente está cerca, y está a tan sólo un voto por el Si al plebiscito.

Votar por el Sí no significa que todo el peso histórico de la sociedad colombiana vaya a cambiar en un instante, pero significa el primer paso para que todos los horrores y errores del pasado en empiecen a corregir.

Poder trabajar sobre las raíces del conflicto, cosas acordadas en el Acuerdo de Paz, es lo que necesita Colombia. No hay que esperar más, llevamos toda nuestra historia en guerra, llevamos toda nuestra historia siendo violentos, odiándonos entre colombianos, siendo clasistas, racistas, discriminadores e incluso indiferentes, o ¿es normal haber crecido en un país donde los niños limpiaban vidrios en las calles y hoy se ven muchos de esos niños habitando la calle y consumiendo alucinógenos? Por favor, acaso no duele a los colombianos ver indígenas en las calles mendigando, acaso no duele ver la desigualdad tan basta que hay en las ciudades, acaso no duele ver la ausencia de sueños en los jóvenes más vulnerables, acaso no duele escuchar discursos de guerra por parte de congresistas de la República (María Fernanda Cabal), acaso no duele ver las condiciones de vida en las regiones más apartadas del país (Quibdó), acaso no duele saber la cantidad tan grande de familias desplazadas que viven atrás de los Altos de Cazucá en Bogotá, acaso no duele conocer las innumerables impunidades e injusticias del país, acaso no duele ver como casi tu familia es destruida por una guerra que no es tuya, que es de todos.

Por eso le digo Sí a la paz, porque no quiero vivir nunca más en el país en el que hoy vivo. No quiero que más colombianos sigan viviendo en un país donde las injusticias y la violencia son el pan de cada día, a fin de cuentas nacimos y vivimos en una sociedad así: “Mucho indio”, “parece bajado del monte”, “lo bajaron con espejo”, “ese negro, esa negra”, “¿usted vive en el sur?”, “¿usted no sabe quien soy yo?”, entre otros tantos dichos de la sociedad colombiana.

Teniendo en cuenta lo anterior, yo le digo Si a la oportunidad que tiene mi país de ser diferente, para que ningún otro colombiano tenga que vivir de aquí en adelante en esta sociedad que entristece tanto, no sólo por su comportamiento violento sino por su indiferencia.

Pero soy consciente que el Si al plebiscito no cambiará todo, pero sí significa para mí la gran oportunidad que tengo como ciudadano de construir el país que he soñado, el país en el que quiero vivir, y en el que estoy dispuesto a trabajar.

Quiero que me den la oportunidad de generar empresa para los colombianos, quiero que me den la oportunidad de reparar muchas de las injusticias del pasado mediante oportunidades de empleo y educación, quiero que me den la oportunidad de conocer mi país y a mis nacionales, quiero que me den la oportunidad de ser feliz siendo homosexual, no siendo católico ni machista. Quiero vivir feliz en mi país, en la tierra que tanto me duele y tanto me perturba día a día, porque la indiferencia es algo que no me caracteriza.

Quiero la paz, y quiero que gane el Sí, quiero darle la mejor vejez a mi madre, y la mejor de las vidas a mis hijos y nietos, construyendo un país que en paz sería el paraíso para todos.


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