Jóvenes tejedores de paz (reportaje primera parte)

Por Lina Castro y María Camila Zapata

13 de diciembre de 2015
Imagen: Lina Castro

La brecha de desigualdad en términos económicos cada vez es más grande en Colombia, por lo que las problemáticas sociales y pocas alternativas de solución también aumentan con rapidez. Frente a este panorama nace la necesidad de investigar qué pasa con las personas que no gozan de las mejores condiciones de vida, en especial los jóvenes y niños que no tienen el acceso a oportunidades que permitan llevar a cabo su proyecto de vida y logren hacer realidad sus sueños que, a veces, parecen quedarse solo en eso… ¡en sueños! Y más importante aún es interrogarse qué están haciendo ese porcentaje de jóvenes que sí ha tenido mejor suerte, que puede asistir todos los días a una universidad o a su trabajo y que, poco a poco, van desarrollando su plan de vida, frente a aquellos a los que la vida los trata diferente y cuyas oportunidades son escasas. Por eso bien vale la pena conocer la historia de Javier y la “Llaga”; jóvenes que prefirieron dejar de lado un futuro profesional promisorio, para trabajar, sin egoísmos, por otro incluyente, plural…

¿Preparados?, cámara, acción  

Este el caso de unos jóvenes que han creado colectivos sociales, esta labor comenzó en el 2010 con uno conocido como “La casita Audiovisual”. Este era considerado como un campo de experimentación, en donde se trataban temas como vivienda, cultura y acción social. Dentro de esta casa vivían casi 15 jóvenes y cada uno se encargaba de labores distintas, que iban desde la parte de diseño gráfico, como comunicación, cine y música, pero, en resumen, todos se enmarcaban dentro de este campo de acción, pues en la organización se realizaban obras de teatro, actividades con los niños como talleres audiovisuales y teatro. Entonces, a partir de esta experiencia se decidió empezar a hacer integración; un trabajo en red, el cual se enfocaba primordialmente en las localidades de Bogotá.

La financiación de estos proyectos, a veces, se vuelve tan difícil; que los jóvenes pertenecientes a dichos colectivos tienen que hacer malabares para suplir los gastos de cada mes, generalmente esta financiación termina cayendo en una brecha de ilegalidad, puesto a que se empiezan a realizar fiestas y dentro de estas venden licor, un ejemplo de esto son las que se han organizado en la Candelaria a cargo de los miembros de estos colectivos.

Frente a estas actividades las autoridades no saben cómo reaccionar, debido a que una casa cultural no se sabe en dónde clasifica, si dentro de las entidades que hacen labores sociales o de comercio. Como consecuencia, se han empezado a generar inconvenientes con estos grupos y las autoridades competentes como la policía. Es tanto así, que estos colectivos no consideran al Estado como un apoyo, ni a las alcaldías que son la representación de gobierno más cercano, para que promuevan el desarrollo de sus iniciativas.

Por ello, nacen iniciativas como centros y colectivos culturales, para el tema de la financiación, pero al final no consiguen nada para poderse mantener con los recursos mínimos que necesitan que, en muchos casos, basta con un lugar dónde trabajar y cómo tener para pagar un arriendo. La mayoría de las actividades empezaron a ser financiadas por los jóvenes o por el dinero que iban recibiendo producto de sus actividades artísticas, pero como estos demandan tantos recursos, a través del tiempo, se han visto en la obligación de recurrir a otros movimientos para generar más ingresos, con el ánimo de ahorrar e invertir bien el dinero obtenido.

Todo este tema de la financiación hace que nazca como cuestionamiento por qué estos colectivos no piden ayuda a la alcaldía de su localidad, y la respuesta de esto radica en que se tiene una pésima relación con esta institución, dado que ellos sabían que, desde la cabeza de la Alcaldía de la Candelaria, lugar donde se sitúa la sede de uno de estos colectivos, esta institución tenía como objetivo que este colectivo conocido como “la Redada” fuese cerrada sin entender cuáles son las repercusiones sociales que ello podría llegar a generar.

Dentro de la Redada hay un grupo base de 5 a 7 personas y allí llegan otras a apoyar labores muy puntuales; es decir, que aunque haya un grupo base en realidad solo hay dos que sí se dedican tiempo completo como Santiago Mejía y Javier González. Este último, es quien se encarga de alimentar toda esta labor, es graduado de medios audiovisuales con énfasis en cine del Politécnico Grancolombiano y a pesar de haber nacido en un ambiente muy diferente, de haber vivido en el norte de la ciudad, de no haber sufrido efugios económicos , pues  siempre contó con el apoyo de sus padres para todo lo que se propuso; prefirió  dedicarse a la labor social, con lo que se siente vivo, como dice él, en vez de continuar el camino de sus hermanos que se encuentran en Estados Unidos trabajando.

Estos jóvenes son contratados por el Distrito, a través del IDIPRON como una estrategia social que se denomina ARMEMOS PARCHE, de esta forma se crea una red de jóvenes para hacer trabajos sociales de gran magnitud, en pro de las comunidades más vulnerables.

Como anteriormente se había nombrado, “La redada” es uno de los diez colectivos que conforman ARMEMOS PARCHE, estos se encuentran ubicados en diferentes localidades de la ciudad, donde se realiza trabajo en territorio. Se aclara que el trabajo que se está realizando junto con el IDIPRON es un experimento, puesto que entidades como estas ya no tienen que crear proyectos para mejorar la sociedad, sino que se apoyan en estos colectivos y en su labor en diversos territorios y comunidades.

La idea de trabajar con el IDIPRON nació del ex director de esta institución, puesto que tuvo la iniciativa de que las organizaciones sociales tuvieran las facultades de realizar los proyectos, esto fue algo positivo, debido a que, anteriormente, se veía al Estado como a un enemigo y a las organizaciones sociales como a las que estaban haciendo el trabajo que aquel debería haber realizado. Este choque también hacía que estas últimas fuesen reacias a trabajar en cualquier aspecto con el Estado, preferían tener autonomía, puesto que cuando este ente oficial llegaba, lo que hacía era apropiarse del trabajo que estaban haciendo estas organizaciones, y lo capitalizaba, sin contribuir en nada.

Cabe reiterar, que estas organizaciones sociales se ponen unas metas de lo que piensan realizar y, posteriormente, dan a conocer los resultados.  “La redada” durante este semestre han venido haciendo talleres audiovisuales, de arte popular y con eso es que avalan el trabajo territorial, cómo es que están invirtiendo este dinero, ya que este es un rubro público, que realmente le está llegando de alguna forma a las personas: en conocimientos, en labores sociales, lo que quiere decir que estos recursos se están invirtiendo de buena manera, en pro de las comunidades.

Llegando donde nadie había llegado

Esta clase de proyectos no hubiese podido funcionar si lo realizaban las autoridades, por eso es un punto a favor  es que las organizaciones tengan la facultad de entrar a barrios como “RAMÍREZ” donde no llega la policía, para poder construir diferentes iniciativas de la mano con la comunidad. Y es que dentro de estas, ya hay personas que vienen trabajando; es decir, que los colectivos no llegan a las comunidades a proponer, sino que empiezan a apoyar a las personas que ya han venido trabajando.

Es importante entender que hay infinidad de habitantes que están trabajando en su territorio, lo que empiezan a hacer es a conectar y a apoyarse entre todos. El caso de “RAMÌREZ” llegó a la “La Redada” debido a que un amigo de ellos ya llevaba unos años haciendo talleres con los niños de esa localidad, esto es una oportunidad para que estos colectivos puedan vincularse con labores tan puntuales como la de “RAMÍREZ”.

Y es que la mirada de colectivos y la del Estado es muy diferente, pues este último llega a una comunidad a decir qué se va a hacer, no  toma en consideración lo que piensa o quiere la comunidad, lo que ha conducido a enfrentamientos vacuos, pues se tiene la creencia, que es el Estado el que tiene en su saber la solución perfecta.

Ejemplo de lo anterior es el l proyecto de “RAMÍREZ”, como anteriormente se había mencionado, que nació gracias a que desde “la Redada” ya se venían gestionando proyectos de intervención urbana, y por otro lado, se tenía una buena comunicación con los habitantes del barrio: ellos tuvieron la idea de hacer un parque y encontraron en el colectivo el apoyo para que este proyecto fuse una realidad.

Entonces, se comenzó a desarrollar el proyecto, en conjunto, lo cual amplió el sentido de pertenencia de la comunidad; trabajar para su propio beneficio es el principio del éxito en la labor social. Hoy día RAMÍREZ posee una identidad gráfica, una identidad de barrio, por ello, “La Redada” quiere sacar un libro y un documental para narrar paso a paso cómo evolucionó esta comunidad, como equipo de trabajo y el cómo sus líderes adquirieron reconocimiento y visibilidad.      . La construcción de un parque para niños terminó siendo un pretexto para la activación en comunidad, pues— luego de terminar este objetivo— empezaron a pensar en cómo podían pintar las calles, las casas, en cómo podrían generar recursos para su autosostenimiento.

Ejemplo de lo anterior es Dylan, un joven emprendedor que quiso apoyar esta labor y que aprovechó sus habilidades en pintura y diseño de camisetas, llaveros y otros productos para que, posteriormente, fueran comercializados. Ello sirvió como una fuente de ingresos tanto para él, como para los proyectos de la comunidad, situación que no se hubiese logrado, sin el apoyo de los jóvenes del colectivo “La Redada”.


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