Colombia: un país que evoluciona pero no avanza por la falta de pensadores críticos

Por Dylan Quintero

martes 14 de noviembre de 2017

El siglo XXI ha traído cambios que han generado una revolución en el pensamiento de los individuos; sin embargo, desde las tres principales instituciones encargadas de la formación de ciudadanos: la familia, la educación y los medios de comunicación, se debe guiar a cada miembro de la sociedad hacia una cultura basada en el pensamiento crítico, donde se cree la capacidad de manejar una gran cantidad de información, pero reflexionando sobre su contenido.

Colombia ha sido un país que, a pesar de tener todas las herramientas, no ha podido proyectar la formación de pensadores críticos. Es por esto que, desde la educación, deben iniciarse proyectos que enseñen a cada individuo cuáles son sus mecanismos de participación para incidir en el ámbito público, haciendo énfasis en generar un sentido de pertenencia y, por lo tanto, concientizar a cada uno sobre las responsabilidades y derechos que tienen en la sociedad.

Un mundo híper conectado cambia las reglas:

A finales del siglo XX, empezaba a darse un cambio trascendental para la cultura política en Colombia. Durante años, la familia y la escuela eran espacios privilegiados para la formación de los individuos. Aun así, estos mismos empezaron a abrir paso, debido a sus falencias o por la necesidad de reforzar la construcción de los individuos, a otros espacios de formación. Dentro de estos nuevos espacios se encuentran, principalmente, los medios de comunicación.  Es así como la formación de una cultura política en Colombia pasa a estar en manos de medios audiovisuales que pueden proyectar a la sociedad la imagen que ellos deseen y que los miembros de esta, a su vez, adopten lo que reciben como su realidad.

De cualquier modo, los medios audiovisuales, ya en el siglo XXI, gracias al internet y la libertad de contenido que este medio proporciona, se han vuelto parte fundamental del desarrollo de ideas críticas y reflexivas respecto a la realidad social que se vive. Lo que esto permite es la expansión masiva del pensamiento crítico, el aprendizaje a un clic, donde se puede construir memoria histórica, identidad y criterio a millones de individuos. Lo único que se necesita es la disposición de estos por aprender. Entonces, surge un nuevo reto para los promotores del pensamiento crítico: ¿cómo lograr que las nuevas generaciones estén dispuestas a aprender?

Hacia un país no violento:

Debido a la enorme cantidad de información a la que cualquiera puede acceder hoy, surge la necesidad de una audiencia crítica que pueda interpretar el significado simbólico y político de los medios de comunicación. Es en este punto donde la familia, como primera institución encargada de formar al individuo; la escuela, desde los pedagogos, y los medios de comunicación, deben trabajar juntos para formar a los individuos de acuerdo a las necesidades de la realidad social, motivándoles a aprender y brindándoles las herramientas y guías necesarias para fomentar su pensamiento crítico. Si estas tres instituciones trabajan en pro del mismo objetivo, el pensamiento crítico se volverá parte de la cultura en Colombia, siendo adoptado y ejercido, ya no por una minoría de pensadores, sino por una mayoría de agentes de cambio.

Aprender a ser pensadores críticos, como primer paso para evolucionar hacia un país no violento, crearía una cultura basada en el respeto al pensamiento del otro, poniendo en duda los diferentes puntos de vista, tanto propios como agenos, y, así, llegar a un consenso general variable. Proceso que deberá ser repetido, exactamente, en caso de ser imperioso un cambio debido al surgimiento de una nueva realidad social. Esto solucionaría, en gran parte, los problemas ideológicos que el país ha tenido durante décadas, evitando la violencia como recurso.

Crear un sentido de pertenencia:

Simultáneamente, con un pueblo librepensador, crítico y consiente de las repercusiones de sus acciones individuales en el ámbito social, se alcanzará el objetivo de tener ciudadanos reflexivos y analíticos en el momento de elegir a sus gobernantes, o, en palabras más adecuadas, a sus administradores políticos. Esto garantizaría que los ciudadanos ya no tendrían que ver al Estado en una relación vertical, de abajo hacia arriba, sino que se convertiría en una relación donde la sociedad observa a sus gobernantes de arriba hacia abajo, restaurando el objetivo de los funcionarios públicos y, a su vez, retribuyéndoles su verdadero objetivo como veladores del bienestar común sin obtener ventajas ilegitimas de sus cargos; es decir, acabando con la corrupción, los conglomerados políticos y el abuso de poder.

El pensamiento crítico se construye con base en un sentido de pertenencia. Si desde el Sistema Educativo no se implementa la formación de un sentido de pertenencia nacional general para formar una identidad clara, tanto individual como nacional, no se estarán formando pensadores críticos.

Es en este punto donde la educación debe empezar a brindar las herramientas necesarias para la construcción subjetiva del individuo debido a que el sentido de pertenencia le permite al individuo sentirse parte de la “polis” y, a la vez, sentirse identificado con esta, aportando desde lo que él mismo es en esencia, para la construcción de una mejor sociedad. Su sociedad.

Identidad:

Entonces, si el sentido de pertenencia nace como resultado de una identidad definida, se debe entrar a analizar cómo se crea y define esa identidad y por qué es algo ausente en la cultura de Colombia.

Todos los elementos (individuos) no pueden definirse y actuar solo en lo individual debido a que hacen parte de algo más grande y complejo: la sociedad, es decir, lo público. Al ser parte de esto, es imposible aislarse completamente de los demás individuos, por lo que la identidad se moldea de acuerdo al entorno, entendido como las personas que rodean al individuo y la realidad social en la que se desarrolla.

Por lo tanto, la identidad personal se construye a la par con la identidad cultural. La cultura influye en detalles significativos, tales como la forma de vestir, el idioma y la manera de hablar y expresarse. Ayuda al individuo a sentirse identificado, y apoyado, por su comunidad. Esta cultura se construye de forma colectiva y continua entre los mismos miembros de la comunidad, además del intercambio cultural con otras comunidades por la interacción con estas. Sin embargo, no se puede desconocer que también hay culturas que promueven expresiones de violencia, donde el pensador crítico debe entrar a influir para hacer un llamado de reflexión y, así, debatir y transformar aquellas cosas que desfavorezcan la convivencia.

La identidad colectiva viene, simultáneamente, dada por compartir una historia en común. Lo que, en consecuencia, lleva al pensador crítico a un estudio por la reconstrucción de su memoria histórica para comprender el porqué de sus rasgos culturales. A través de esta reconstrucción, se ubican las fortalezas y debilidades que tiene la comunidad, identificando las formas en que han enfrentado la violencia, así como los liderazgos buenos o malos que han tenido. Esta no es solamente mirar el pasado y quedarse en su recuerdo, sino que debe posibilitar su comprensión y correlación con el presente, contribuyendo a una reformulación del futuro.

           “La experiencia indica que es la amnesia la que hace que la historia se repita y que se repita como pesadilla. La buena memoria permite aprender del pasado, porque el único sentido que tiene la recuperación del pasado es que sirva para la transformación de la vida presente” (Galeano, 1996).

De pensar, a actuar:

Todos estos elementos que componen el pensamiento crítico (el sentido de pertenencia, la identidad, la memoria histórica), son elementos que, desde la educación, deben ser puestos a disposición de los ciudadanos. Siendo la escuela y la familia los principales moldeadores de las nuevas generaciones, deben estar a cargo de pensadores críticos capaces de transmitir sus conocimientos e ideales, no imponiéndolos, sino mostrando un sinfín de ideas para crear “librepensadores críticos” que tengan conciencia política.

Sin embargo, un pensador crítico, con todo lo que le caracteriza, debe ser además un verdadero agente de cambio para la sociedad, donde, mediante un proceso de reflexión en un consenso traslapado, cree soluciones efectivas a las problemáticas presentadas diariamente en su comunidad. Finalmente, no se trata de perder o ganar un debate, sino de encontrar, entre todos, la mejor solución a los problemas que emergen, donde prime el bienestar común y no el individual, pero, que este último tampoco sea vulnerado a ningún ciudadano. Finalmente, surge una pregunta clave:

¿Cómo proyectar el pensamiento crítico siendo agentes de cambio efectivos para la sociedad?


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