Blog de la facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales

19 de octubre de 2018

Las dos caras de la cultura: ¿Cuál de las dos impide el desarrollo?

Por: Laura Camila Beltrán Rodríguez

Al pensar en Colombia es inevitable traer a colación los problemas que aquejan al país. Una opinión generalizada atribuye a la mezcla entre malos gobiernos y calamidades históricas la condena de vivir en la despreciada categoría del tercer mundo. Si bien esto puede ser verídico, es cuestionable que un país con múltiples virtudes se asocie con la palabra subdesarrollo por causas aparentemente superables como esas.

Para analizar cuáles han sido las causas reales del subdesarrollo en Colombia, es imperante conocer qué es el desarrollo y qué características se asocian a la ausencia de este. Múltiples teóricos han tratado el tema y la mayoría de ellos suelen asociarlo a criterios económicos determinados desde los alcances industriales, el Producto Interno  Bruto (PIB), el Índice de Desarrollo Humano (IDH), inversión externa, entre otros varios factores. El problema con esta visión clásica es que se queda corta a la hora de evaluar todas las fuentes del desarrollo.

El desarrollo puede ser visto desde múltiples perspectivas porque existen un sinnúmero de factores que inciden en la realidad de cada país, la cual es innegablemente distinta a la de los demás. En ese sentido y teniendo en cuenta factores económicos, sociales, históricos y políticos, es menester desarraigarse de la falsa idea de que el Estado es un pequeño bloque de gente tomando decisiones; el Estado, por el contrario, es una composición de territorio, nación y soberanía, por lo cual puede afirmarse que sobre cada individuo recae cierto grado de responsabilidad en materia de desarrollo.

Ahora bien, en el desarrollo intervienen tres principales actores que interactúan permanentemente: instituciones estatales o sector público, entidades particulares o sector privado y población civil; los dos primeros trabajan en función de la sociedad y esta, a su vez, busca el panorama que más le beneficie. La armonía en la interacción de los actores es lo que permitirá que se aproveche el potencial de cada uno y, en ese sentido, haya desarrollo.

De acuerdo a lo anterior, la gente es en esencia el motor del desarrollo, puesto que tiene la potestad de construir una identidad en función a las condiciones que le brinden los otros dos actores. Esa identidad se refleja en dos caras de una misma cultura, la cara visible y la cara fáctica.

La cara visible de la cultura: Colombia, país pluricultural y megadiverso

La cultura en Colombia suele asociarse a los aspectos geográficos y tradicionales que hacen del país un epicentro pluriétnico y lleno de diversidad. Tales características se materializan en una amplia cantidad de ecosistemas entre los que se encuentran páramos, selvas, bosques, desiertos y demás, que proporcionan fuentes hídricas, territorios ricos en minerales, flora que procesa el dióxido de carbono, fauna incomparable que incluye especies endémicas del territorio nacional, entre otras riquezas. Esto le permite a Colombia tener el título del segundo país más biodiverso de Sudamérica, de acuerdo a Colciencias.

En adición, el país cuenta con un patrimonio inmaterial extenso. Las tradiciones de los más de 80 pueblos indígenas que habitan en tierras colombianas, representando cerca de un 3,36% de la población, constituyen la fortaleza cultural histórica más palpable. Este aspecto toma valor con la extensa gama de tradiciones y vivencias diferenciadas ya sea por ascendencia o regiones en el territorio, sin mencionar la existencia de más de 60 lenguas indígenas nativas.

Ahora bien, actualmente, el 46% de los ecosistemas del territorio nacional están en riesgo de amenaza; esto indica el peligro en el que se encuentran las especies que allí habitan y la afectación de los beneficios naturales que generan. Se estima que las pérdidas monetarias por el deterioro de los páramos, tan sólo en el departamento de Boyacá, alcanzan los 700.000 millones de pesos y, dado que estos proveen recursos hídricos, contribuyen a la generación de energía y además proporcionan una fuente de ingresos para la industria del turismo, las pérdidas ascienden a una escala incluso mayor.

Por otra parte, la realidad de las minorías étnicas en Colombia ha estado históricamente condicionada a situaciones marginales producidas por aspectos como discriminación, desplazamiento forzado a causa del conflicto interno armado, pérdida del valor cultural por la falta de interés de las recientes generaciones en salvaguardar sus tradiciones e incluso por el olvido de sus lenguas. A pesar de todos los aportes inmateriales que hacen estos pueblos al patrimonio cultural de la nación, la vulnerabilidad del contexto lesiona su potencial plausible para representar a la cultura nacional.

Es entonces evidente que la parte visible de la cultura tiene relevancia de tipo económico y social para el país, pero es también evidente que presenta problemas fácticos y que estos, por relación de causalidad, han generado pérdidas sustanciales. La pregunta ahora recae sobre las causas del debilitamiento cultural y, más aún, recae sobre el nexo causal entre lo anterior y el subdesarrollo. La respuesta a esa pregunta es: la otra cara de la cultura.

La otra cara de la cultura: la institución del incumplimiento

La realidad social en Colombia es una cápsula de varios factores que inciden en el comportamiento de los individuos. Es decir, hay determinadas generalidades que permitirían afirmar la existencia de tendencias sociales cuyos cimientos son cuestionables, pero que definitivamente constituyen también una identidad nacional y, en ese sentido, una cultura paralela a la anteriormente descrita.

La construcción de la identidad colombiana se basa en el arraigo a ciertos aspectos comunes: un pasado conjunto, la presencia de instituciones fijas,  las costumbres creadas por el contexto y la cultura visible, indudablemente. Dados estos aspectos, es posible comprender que los colombianos hayan forjado una cultura fáctica a partir de sus vivencias colectivas, es posible entonces afirmar que la identidad, más que un sentimiento, es una práctica.

El tener un pasado compartido les permite a los colombianos identificarse con una serie de acontecimientos, desde hechos o eventos como la toma del palacio de justicia o el bogotazo, hasta procesos como el bipartidismo, La Violencia o el conflicto interno armado. Tal identidad les permite a los individuos tener nociones claras acerca del tipo de país en el que viven y cómo este es resultado de su historia.

Por otra parte, las instituciones en Colombia han sido determinantes para la concepción social del Estado. Debido a las condiciones geográficas del país, siempre ha sido problemático que las instituciones logren llegar a las periferias y proporcionen una protección equiparable a la de la capital. Esa ausencia ha generado consecuencias negativas en varias regiones como abandono económico, estancamiento, alta criminalidad, corrupción en los gobiernos locales, entre otras.

Tanto la memoria histórica como la debilidad institucional han derivado en una desconfianza generalizada hacia el sistema. La mentalidad de los colombianos se ha construido a partir de una cadena de fallas, lo cual ha roto la armonía en la interacción de los actores. Es inevitable que con un contexto violento, donde las reglas no son aplicadas a cabalidad para todos, donde se presentan escenarios de corrupción institucional, donde existe complacencia con situaciones perjudiciales para algunos sectores sociales y donde persiste en general una institucionalización del incumplimiento, la cultura se forje en función a tales fallas.

Esa otra cara de la cultura que se ha formado entorno a los factores explicados se refleja en un incumplimiento generalizado por parte de los individuos. Una repelencia al sistema que se hace visible con los famosos colados en transmilenio (alrededor de 38.000 usuarios diarios), las altas tasas de desaprobación al gobierno de turno (suelen sobrepasar el 50%), la minería ilegal como principal actividad lucrativa, el desprendimiento de las raíces culturales, la aceptación abierta del contrabando y la piratería, entre otras muchas prácticas.

Es por eso que el subdesarrollo en Colombia está ligado a una cultura de dos caras, una de mostrar y otra de esconder. La primera se ha deteriorado a causa de la segunda y esto ha influido en la interacción de los actores, generando consecuentemente subdesarrollo. La pregunta que sobrevive es si realmente la cara oculta de la cultura es negativa: ¿hasta qué punto la informalidad es legítima?