Mensaje cordial de un mamerto a los furibistas

Por Nicolás Murillo

4 de abril de 2017

Nunca me he caracterizado por mi mesura a la hora de decir lo que tengo en el corazón. Es más, algunos me tildarán de ofensivo, arrogante o de persona con muy poco tacto. En ese sentido, en mi página de Facebook hago comentarios personales que, a veces, provocan fuertes reacciones de apoyo y de rechazo, al igual que ha pasado con miles de usuarios colombianos de ambas orillas políticas. Estos comentarios ilustran perfectamente la polarización en la que vivimos, que nos pone a todos en una posición defensiva y que nos lleva a buscar permanentemente restablecer nuestra honra frente a señalamientos de la oposición. El último episodio ocurrió cuando expresé mi profundo desacuerdo en cuanto a la marcha del 1ero de abril. En esa ocasión me tildaron de incendiario: personalmente no considero que esté jugando con fuego hablando en mis redes sociales: ni yo ni la mayoría de las personas.

Me han dicho de todo en mis 10 años en Colombia, mamerto, terrorista, cobarde, guerrillero, traidor, extranjero que no entiende nada al país y que no debería hablar, y muchas más. Si obviamente no es agradable que nos hablen así, también somos responsables de la manera en que nos tomamos las cosas; bajémosle a la susceptibilidad.

 A mí que me insulten generalmente no me afecta para nada; solamente es un momento difícil que hay que digerir. Sin embargo, a veces, me permite entender la forma en que otros comprenden ciertas situaciones e incluso ajustar y mejorar cosas de mí mismo de las que no tenía conciencia y, finalmente, es un favor para mí. Después de todo nadie puede decir que nunca en su vida ha sido estúpido o ha actuado como tal. Entiéndase que por estupidez no me refiero a una mera categoría intelectual como suele verse en la academia. Mi observación se refiere al concepto de estupidez del ilustre escritor italiano Carlo Cipolla que la define como aquel que “que pretenda ser bueno o malo, lo único que consigue es perjuicios para él como para los demás”.

 Aun así, algunas cosas merecen ser aclaradas para que de una vez por todas entendamos algo importante: el hecho de construir la paz no significa que nos amemos todos, significa que debemos respetar los derechos de nuestros opositores así tengamos, en sentido figurado, ganas de matarlos. Esto implica no tomarse las cosas personalmente y entender que las palabras no tienen más trascendencia que la que les damos.

 Seamos honestos. Marchar contra la corrupción en Colombia es algo de sentido común y en eso apoyo a los que marcharon el sábado pasado. Pero que las marchas contra la corrupción sean convocadas por personajes que estuvieron en el poder durante 8 años (si solo se cuenta la presidencia) o 25 años (si se tienen en cuenta los periodos en el Congreso), y que estuvieron involucrados, directa o indirectamente, en tantos escándalos de corrupción (Yidis política; reelección fraudulenta; etc.), es absolutamente ridículo. Más aún, que  el hecho de convertir a personajes como Popeye, Ordoñez o Uribe en voceros de la lucha contra la corrupción no parezca molestar a los participantes, me llevó a tildarlos de estúpidos, por este y únicamente este motivo. Obviamente, no creo que la gente que apoya a Uribe tenga una condición de estupidez profunda por nacimiento o, incluso, tampoco creo que apoyar ciertas de las ideas del ex Presidente sea descabellado.

 De hecho, siempre lo expresé así en mis trabajos y mis escritos; NO todas las afirmaciones del Centro Democrático y/o del ex Procurador son absurdas y manipuladoras. No, no todas. Y obviamente es absolutamente necesario respetar, en el espacio público, las ideas ajenas a pesar de no estar de acuerdo. Sin embargo, el hecho de tener en cuenta y de respetar las ideas ajenas no implica ser soso y nunca expresar ira o desprecio por ciertas actitudes o ciertas acciones. Ahí es donde importa entender la diferencia entre “ser insultado” y “sentirse insultado”. Que alguien tenga palabras dolorosas en contra de una persona no es escaso y tampoco podemos esperar que esto cese por hablar de paz y de democracia. Al contrario, precisamente la democracia es un régimen en el que todos los integrantes deben tener la seguridad de que pueden expresarse respecto a eventos y debates de la forma que lo deseen, sin miedo a convertirse en víctimas. El punto clave acá no es personal, ni es colombiano, es cuestión de ciencia y de comunicación política básica.

 Ahora bien,  está claro que hay límites a la libre expresión como la difamación, el derecho al “buen nombre”, la calumnia o las acusaciones en falso. Pero estas están definidas por el legislador y hay que ceñirse a estos parámetros para analizar juzgar, con cabeza fría, a quién se expresó. Afirmar que es estúpido darle las llaves de su casa al ladrón que acaba de robarla para que la cuide robos futuros es una opinión, no una falta de respeto ni tampoco una declaración de guerra. Decir en la prensa que el Gobierno es un Gobierno terrorista o corrupto sin pruebas, es un delito porque vulnera a las instituciones del país y mancha el buen nombre de sus integrantes. Siempre y cuando este señalamiento se haga de manera pública y pueda afectar el buen nombre de las personas en un contexto que propicie un perjuicio real. Pero expresar su creencia de que el Gobierno es malo o corrupto, de que una persona es un criminal o de que otras nos parecen estúpidas por una decisión que tomaron, si ocurre en un círculo personal, no lo es.

 De ahí mi consideración. A pesar de que algunos políticos, empresarios y hasta presidentes de equipos de fútbol hayan convertido Twitter y Facebook en su plataforma de expresión política, no olvidemos el principio original de la red social. La red social es un espacio personal en la que el que quiera puede evitar leer los comentarios que no le gustan. Por otro lado es un espacio de conversaciones y de discusiones que no trascienden por una simple razón. La mayoría no somos ni políticos ni tampoco famosos. Como máximo llegaremos a tener unos centenares de seguidores o de personas realmente alcanzadas por nuestras palabras. No tenemos responsabilidad política alguna ni tampoco se puede considerar que un profesor o un estudiante comunes y corrientes generen tanto impacto para que sus palabras tengan consecuencias en la realidad: salvo que las diga en un best seller o que el comentario se vuelva viral y arme una revolución; seamos honestos no es algo que pase todos los días.

 Me explico: cuando usted o yo decimos algo por Facebook, solo molestamos a los que nos leen, si quieren leernos. Cuando Álvaro Uribe o Alejandro Ordoñez se expresan en la red social o en los medios masivos, millones de personas se pueden sentir aludidas, enfurecerse o incluso irrespetar las leyes. El ejemplo típico de este fenómeno es lo que ocurrió en la marcha del 1 de abril; tras un sinnúmero de señalamientos por parte del ex Presidente, señalamientos injuriosos, calumniosos y hasta peligrosos, el periodista Daniel Samper fue agredido por sus seguidores que lo expulsaron de la marcha, por marchar contra la corrupción pero desde la otra orilla.

 Esto, señoras y señores,  es lo que se llama ser irresponsable e incendiario desde la ciencia política. Acá no se trata de faltarle al respeto a nadie sino de dar una opinión sustentada acerca del accionar de una persona pública. Pero no nos confundamos, nosotros no somos tan importantes y en nuestra red social solo nos expresamos para los “amigos”. Y recuerden que aguantar su frustración y no expresarla puede conducir a males psicológicos y físicos mucho más profundos. Pero tampoco olviden que las personas solo pueden insultarlos si ustedes se dejan afectar por las palabras.

Entonces por favor, no olviden gritar. ¿Qué esperan?


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