Lo que hay detrás de los discursos del COP21

Por Ana María Arango D.

martes 1 de diciembre de 2015

El discurso de Obama, presidente de Estados Unidos en la conferencia internacional sobre cambio climático -COP21 que se celebra actualmente en París, fue el mea culpa de un país que si bien es el segundo que más emite carbono, nunca ratificó el protocolo de Kioto.

El presidente estadounidense se comprometió a reducir las emisiones pero no dijo como, lo que es comprensible en tanto le queda poco más de un año en el cargo y se enfrenta internamente a un congreso eminentemente republicano, partido que lideró la decisión de no ratificar el protocolo sobre cambio climático de Kioto.

Tampoco dijo Obama si apoyaría la propuesta de otros líderes, entre ellos Juan Manuel Santos, que afirman que la resolución que resulte de esta conferencia debe ser vinculante para los Estados. Eso también es comprensible en dos ámbitos de la política estadounidense: internamente Obama enfrenta la oposición política de los republicanos, que incluso en el debate sobre la construcción del Oleoducto Keystone XL anteponen su visión de desarrollo frente al cuidado ambiental; y en su política exterior, Estados Unidos defiende los intereses de sus empresas, muchas de ellas en el negocio del petróleo y la minería, así que si los países donde esas empresas tienen negocios suscriben la resolución que salga de este encuentro, esas empresas se podrían ver afectadas. Además, todo esto se da en un ambiente preelectoral que hace que Obama se piense dos veces antes de arriesgar los votos que podrían comprometer la candidatura demócrata a las presidenciales del año entrante.

De otra parte, Bolivia, Venezuela y Ecuador, llegaron a la cumbre ratificando el que ha sido su discurso en otros escenarios internacionales y que se soporta en la premisa de que es el sistema económico mundial el enemigo del medio ambiente.  Los tres países hicieron énfasis en la necesidad de frenar las causas del calentamiento global, que identifican con el consumismo, para contener los efectos del daño ambiental que producen.  No sorprende entonces que estos países suramericanos, región que tiene casi la mitad de la biodiversidad del planeta, estén hablando de justicia ambiental, de repartición de cargas del cuidado del planeta y de indemnizaciones por el daño hecho por las multinacionales a sus ecosistemas. Todo ello es coherente con las políticas internas y con las posiciones internacionales que mantiene la región desde hace cerca de una década.

Otro coherente con su realidad interna fue Brasil, que afronta una desaceleración importante en su economía, altamente dependiente del petróleo, lo que explica la posición de la Presidenta Dilma Rousseff al enfatizar la necesidad de “contribuir al desarrollo mundial” mientras se controla la emisión de gases.

Lo que resulta claro es que los países coinciden en el diagnóstico: el modelo económico nos está costando la vida del planeta. Hay una conciencia que no solamente está en las más altas esferas del poder político sino que se esparce por las comunidades del mundo entero como dan fe las decenas de foros y encuentros de la sociedad civil sobre el tema.  Eso es lo bueno.

El problema es que no parece haber una decisión política de atacar el problema de raíz, es decir, de cambiar el modelo económico. Las fuerzas que jalonan el desarrollo entendido como un proceso de consumo acelerado son muchas y muy fuertes, y no se sumaron al Protocolo de Kioto ni se han pronunciado en Paris. Eso no es malo, es perverso.


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