La educación: una historia sin fin

Por Daniel Del Castillo R.

miércoles 10 de junio de 2015

Recién comenzaba a seguir la maestría, cuando me surgió la siguiente inquietud fundamental: ¿qué es la educación? Ahora bien, el célebre pedagogo brasileño Paul Freire afirmó que: “el mundo no es, el mundo está siendo” (Marquès, 2010). En esta máxima encontré una pista de respuesta. Leyendo a Maxine Green, me sorprendió gratamente saber que ella, en este orden de ideas, reconoce que el proceso educativo es por definición incompleto (Green, 2005). Incluso, Green recuerda esa sensible definición del profesor que nos ofrece Eliot, quién “[percibe] en todo acto un nuevo comienzo” (Green, 2005). En la presente columna, nos interesamos en la dimensión histórico-temporal de la educación, desde una óptica micro-macro social.

Green insiste en el aprendizaje activo, basado, entre otros elementos, en el comienzo del estudio. Los procesos de aprendizaje suponen entonces un “impulso vital” (Torres, 2014), tanto individual como colectivo, orientados primero hacia un arranque del estudio para el ser; y segundo, hacia una re-estructuración incluyente de la educación para la nación (Meirieu, 2007). Ahora bien, el esfuerzo educativo continuo produce una fuerza intelectual relacionada con la promoción y “la supremacía del espíritu” (Torres, 2014) individual, así como con la libertad de pensamiento colectiva.

Vale la pena mencionar que en este proceso intervienen, a mi juicio, dos variables educativas fundamentales, cuyo punto en común es ofrecer un sentido a la existencia humana: en primer lugar, la individualización. “La educación debe respetar la individualidad del niño (…) dar libre curso a [sus] intereses innatos” (Torres, 2014). Esto significa que la educación se basa en seres humanos históricos que somos los docentes, ayudando a encontrar un sentido a la existencia, a otros seres humanos históricos, que son los estudiantes. En segundo lugar, todo educador debe compartir un ideal de vida con su estudiante, para poder ofrecerle así también este sentido. Esto es tener tanto la misma misión colectiva en la vida, por ejemplo: hacer el bien o ser útil (Marquès, 2010); como unos sueños comunes (Freinet, citado por Marquès, 2010).

Tan importante es la huella que deja la educación en el hombre, que su identidad se confunde con su educación: “soy lo que he aprendido, seré lo que sea capaz de aprender” (Aldanondo, citado Marquès, 2010). Por ende, si educar es enseñar un presente en construcción y  toda educación es siempre inacabada, su magia radica en que – “valiéndose de un material desfasado y en continuo deterioro” (Eliot, citado por Green) – la educación no tiene fin histórico alguno (1) ni para el hombre, ni para la sociedad. Siempre aprenderemos cosas nuevas, además según Piaget: “la meta principal de la educación es crear hombres capaces de hacer cosas nuevas” (Piaget, citado por Marquès, 2010). Siguiendo a Dewey, se trata de un: “eterno proceso de perfeccionamiento, maduración, refinamiento” (Dewey, citado por Marquès, 2010). La fuerza de la historia está presente en el acto educativo, pero como una historia sin fin.

[1] Entiéndase “fin” desde el punto de vista histórico, más no como una finalidad o un objetivo. Uno de los objetivos primordiales de la educación es precisamente el éxito democrático (Meirieu, 2007).

Referencias El Libre Pensador:

Pere Marquès – Principios de la enseñanza.

 


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