Las cartas políticas de la paz

Por Nicolás Murillo

viernes 7 de octubre de 2016

Domingo 2 de octubre, 5.30 PM.
Como la mitad de un pueblo, me encuentro en shock. El NO se impuso sobre SÍ en el referendo por la paz.
50,2%… 0,4% de diferencia nos privaron del fin del conflicto con las Farc.
Y Santos salió a reconocer el resultado. Pero agregó un par de palabras que me dejaron pensando: “Una estrecha diferencia”, “obligación constitucional de buscar la paz”, “mantener el cese al fuego bilateral”, “no rendirse”, “escuchar a la oposición”.
¡Minuto! ¡minuto! ¿Y si esta cifra del 0,4% que le dio la victoria al NO fuera la mayor oportunidad para el SÍ?
Claro, al presidente Santos le quedan carticas políticas por jugar; y el reciente Nobel de la Paz lo sabe.

La democracia es historia de mayorías. Como siempre lo han sabido los grandes políticos (y politiqueros) del mundo, no hay que convencer a todos  para llegar a la cumbre. La mitad más uno, es más que suficiente. Lo ha demostrado el plebiscito del domingo. 50 000 votos aproximadamente hicieron la diferencia entre un país en paz (el ELN se habría sumado a corto o mediano plazo estoy convencido) y un país en el limbo total.

Volvió la horrible noche…

A la hora en la que los diferentes sectores mediáticos y políticos hacían de Álvaro Uribe Vélez el gran ganador de la contienda electoral, era fácil perder la esperanza y rendirse por la derrota. Una derrota aparentemente irreversible y definitiva; ¿quién podría imaginar, en ese momento, que el uribismo estuviera realmente dispuesto a negociar honestamente para lograr un acuerdo aceptable para la guerrilla? Probablemente los que aún no conocen realmente al ex presidente, el cual no se ha caracterizado nunca por su afán de negociar con sus opositores.

Y en ese momento conecté las palabras del Presidente de la República con la realidad socio-política de los resultados de esta consulta. Entendí que este resultado daba muchas razones de esperanza ya que, finalmente, la cartografía del escrutinio terminaba legitimando el acuerdo; las víctimas parecían haber votado a favor del acuerdo y la victoria del NO parecía no ser totalmente responsabilidad del ex mandatario. ¿Por qué? Porque, extrañamente, el presidente Santos no se refirió directamente al uribismo cuando reconoció la derrota. Se refirió a la oposición en su conjunto. Ahí podría estar la clave.

En efecto, al día siguiente, estas predicciones se revelaron aún más cercanas a la realidad. Por un lado, Álvaro Uribe Vélez empezó a intentar ganar tiempo. ¿Con qué objetivo? Oficialmente para preparar propuestas para la renegociación. ¿Cómo? Haciendo propuestas que ya había realizado en el pasado y que estaban plasmadas en el acuerdo original. Este intento, lejos de ser inocente, le permitía dar la sensación de que estaba de acuerdo con la negociación y tenía voluntad de paz como su campaña lo daba a entender (la paz sí pero no así). Al mismo tiempo, Uribe mostraba humildad llamando a negociar a los demás representantes de la oposición: los cristianos por un lado, los conservadores del otro lado.

Pero rápidamente la malicia del expresidente quedó en evidencia. De repente las propuestas conciliadoras volvieron a hacerse esperar.  El mensaje de fondo empezó a radicalizarse de nuevo. Se empezó a cuestionar la voluntad del presidente Santos de realmente querer negociar (usó la palabra escuchar, no negociar, en su discurso del domingo) y por otro lado el ex mandatario empezó a reafirmar las reivindicaciones escuchadas a lo largo de la campaña; cárcel, no elegibilidad, etc.. Aparentemente habíamos llegado a una sin salida. La esperanza de ver una solución rápida a la situación parecía desvanecerse. El anuncio de una fecha límite al cese al fuego terminaba de confirmar la tendencia negativa.

La solución para un Nobel de política

Pero en realidad esta fecha límite se puede entender de otra manera. También puede ser una respuesta a la estrategia de dilatación de Uribe frente a la resolución de los acuerdos. Una herramienta que le permite al Presidente presionar a la oposición para urgirla a encontrar un acuerdo. Un forma de responsabilizarla por la eventual prolongación del conflicto y la reaparición de los muertos en el campo colombiano.

Este punto es clave si se asocia con el hecho de que la oposición no se limita al Centro Democrático. NO. El NO no fue obra solo del uribismo sino que reunió bajo la misma bandera a corrientes que no reclaman lo mismo y no pueden asumir las mismas responsabilidades. En efecto, podemos imaginar que a algunos no les importará ser considerados responsables del conflicto- encontrarán la forma de justificarlo- ¿qué pasa con los conservadores y los cristianos? ¿Será que ellos pueden asumir estas mismas posturas?

Como lo dije al inicio de esta columna, la democracia es una historia de mayorías. No se trata de convencer a todos, se trata de convencer a más de la mitad para legitimar la acción del gobierno. La victoria del NO se dio gracias a la unión de tres fuerzas políticas que no piden lo mismo y que superaron por tan solo 0,4% a los defensores de la otra opción. Eso significa en substancia que, en su “obligación de buscar la paz” y su voluntad de “escuchar las partes” para buscar un “pacto nacional” alrededor del acuerdo, Juan Manuel Santos no tiene necesariamente que negociar con el uribismo.

Si ellos no quieren montarse al bus de la paz, otros pueden estar de acuerdo para hacerlo asumiendo un costo, humano y político,  mucho menor del que representaría un diálogo constructivo con el Centro Democrático. Martha Lucía Ramírez expresó una reivindicación muy aceptable: que se consigne en el acuerdo la idea que las Farc deben declarar sus bienes y reparar materialmente a las víctimas. Los cristianos tienen miedo al “enfoque de género” y quieren ser parte del posconflicto; hablemos con ellos. Estas posturas son mucho más fáciles de conciliar y  el apoyo de una o de las dos podría hacer la diferencia; 0,4%.

Legitimar el acuerdo no necesita convencer a todas las fuerzas. Menos cuando las víctimas votaron en su mayoría a favor del mismo y cuando cuenta con un amplio respaldo popular de ciudadanos exigiendo la paz, como lo demuestra la marcha nacional del 5 de octubre. Menos aun cuando el mayor partido de oposición acaba de confesar solito que su campaña se basó en la manipulación y cuando la comunidad internacional acaba de legitimar el proceso otorgando el premio Nobel de la paz a nuestro presidente.

Divide y vencerás decían los romanos. Une al mayor número de fuerzas posibles bajo tu bandera y reinarás, decía Maquiavelo; la paz puede ser a ese precio. ¡Qué lástima!


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