Gracias Mr. Robot:

Por Jorge Mejia

10 de febrero de 2016
Imagen: Dorothy Hardy

La realidad a la que nos someten las nuevas tecnologías de la información y que aún no es un tema en el día a día.

Cuando el 8 de Enero de 1986 la sociedad despertaba al nacimiento de la economía digital con la publicación de La Conciencia de un Hacker (The Conscience of a Hacker), o el Manifiesto Hacker, nadie imaginaba las implicaciones reales del cambio que vivíamos.

La tecnología de la revolución

Loyd Blankenship, autor del Manifiesto Hacker, y Richard Stallman, impulsor del movimiento por el software libre, esperaban que las nuevas tecnologías de información y telecomunicaciones actuaran como fuerzas disruptivas que evitaran concentraciones de poder, pues la información le llevaría el poder al individuo y lo despojaría de las paquidérmicas grandes corporaciones.

Y en un sentido tenían razón; revoluciones han sido organizadas con el uso de un teléfono celular y la internet, pequeñas organizaciones de hackers valiéndose de acceso a las redes y descifrando códigos pudieron revelar información que hizo tambalear a los gobiernos más poderosos.

Sin embargo, no se esperaba que las nuevas tecnologías fueran potenciadoras de desigualdad. Los mercados laborales se están contrayendo, las pasantías no remuneradas son cada vez más comunes, y los puestos de trabajo que no conducen a ascenso alguno parecen ser el único destino de un recién graduado mientras que los bonos de los directivos técnicos y de los comerciales crecen de forma exponencial.

Los individuos parecen ser impotentes ante esta realidad.

La disrupción y descentralización del poder coincide como tendencia con la concentración intensa de poder e inequidad, y aunque a primera vista parezca contradictorio cobra sentido cuando se entiende la naturaleza del poder moderno. No es totalmente claro que las revoluciones de la primavera árabe hayan conducido a mejores gobiernos, pero sí enriquecieron a las compañías de redes móviles usadas por los activistas.

Como Fenrir, el lobo de la Edda Poetica, de Snorri Sturluson, que cuando era tan solo un cachorro a nadie le preocupó hasta que se hizo tan grande que los dioses de Asgard fallaron dos veces en capturarlo y solamente gracias a Tyr –el dios de la guerra– se logró, si bien a costa de perder su mano.

El empresario de Silicon Valey y activista, Jaron Lanier, ilustra esta realidad comparando a Kodak –el desaparecido gigante de la fotografía que contaba con 140.000 empleados directos pertenecientes, en su mayoría, a la clase media– con Instagram –el equivalente de nuestros días– cuyos 13 empleados directos recibieron 300 millones de dólares en efectivo y 700 millones en acciones de Facebook, cuando fueron adquiridos por la empresa de Zuckerberg. La erosión en los empleos de la clase media a causa de esta revolución tecnológica es notable.

Una clase media saludable es necesaria para la política y los negocios; un mercado no puede funcionar sin sus clientes y una democracia no funciona cuando la riqueza está inmensamente concentrada. Cada vez más tecnologías reemplazan las actividades antes hechas por los humanos y esto trae como consecuencia que la distribución de la riqueza no sea la campana de distribución normal de muchos textos con los que nos enseñan estadística, sino que la curva cada vez más se parece a la torre Bacatá en el centro de la capital colombiana, un afilado rascacielos con una larga cola de pequeñas construcciones como séquito.

Las fábricas serán reemplazadas por impresoras 3-D que ya han probado su utilidad imprimiendo incluso material biológico. Máquinas programadas han superado a farmacéuticos, investigadores judiciales y científicos. El pasado 4 de Junio se publicaba en la universidad de Tufts el primer modelo de regeneración de las Planarias  –organismos multicelulares– descubierto por inteligencia artificial.

Con el paso del siglo esta tecnología seguirá su curso evolutivo y cada vez más actividades serán ejecutadas por softwares. No importa cuán buen corredor de bolsa se sea, en las finanzas siempre se encontrará un algoritmo que se desempeñe mejor por su capacidad de operar en el mercado, pues pueden superar las 10.000 transacciones por segundo, mientras que un humano se encuentra atrapado por el límite del movimiento voluntario de 12Hz: no podemos repetir una sílaba más de 12 veces por segundo, ni podemos hacer más de 12 clicks seguidos por segundo.

Sin embargo, no podemos olvidarnos de que todas las formas de automatización dependen en última instancia de información producida por nosotros los humanos: traductores, clasificadores de imágenes, clasificadores de sonidos, todos, hacen asociación de patrones creados por humanos.

De máquinas y humanos

Siempre hay humanos reales tras los procesos y esto es lo que no podemos olvidar en esta transición a la singularidad. La ilusión digital, ese velo que hace creer que lo humano no hace parte del proceso producción de información en la economía digital, no nos puede engañar. La topología del mundo digital sigue incluyendo la topología de nuestra realidad humana, no existe una membrana adiabática que nos separe de las máquinas y sus procesos.

Máquinas y humanos de hecho pertenecemos a un mismo camino evolutivo, no existe otro proceso que contenga tanto de nuestra propia psicología como la inteligencia artificial (I.A.). Hoy la I.A., la revolución en la biología, y la interface cerebro-ordenador son una realidad que no se puede ni conviene detener.

George Dyson, en su libro “Darwin entre las máquinas: la evolución de la inteligencia global”, afirma que la singularidad ya está en curso, y el hecho de que sea un tema entre los expertos en la materia es evidencia suficiente para Dyson de que este proceso esté teniendo lugar. En un sentido ligero es posible afirmar que nuestros teléfonos celulares nos han convertidos en ciborgs, pues hoy muy pocos saben los números telefónicos de familiares y amigos, esto es, todos dependemos de nuestros teléfonos como soporte, como una especia de memoria externa. Y cualquier duda que nos surge es inmediatamente aclarada con lo que aparece en un buscador.

Basados en recientes estudios que hablan de la nomofobia –el terror a no tener cerca el teléfono celular–, se sabe que uno de sus síntomas es el síndrome de la vibración fantasma, un émulo del síndrome del miembro fantasma. Hoy nuestros teléfonos hacen parte de nosotros casi como una extremidad.

Es importante que nos demos cuenta de la dimensión real de estos fenómenos introducidos por la tecnología. No podemos quedarnos con lo que Hollywood o tres activistas fanáticos dicen de estas realidades.

La I.A., y el tránsito a la singularidad, las economías de la información y el conocimiento están cambiando a la humanidad desde la intimidad hasta el ordenamiento social.

Generalmente hay que ser escéptico con quienes hablan de apocalipsis, pues es la estrategia más común de cualquier culto: desde lo religioso hasta lo político.

La redundancia laboral –producto de la revolución tecnológica– no debe ser tomada a la ligera y requiere de visiones frescas de política y sociedad una vez que las heredadas del siglo XIX son insuficientes y, en muchos casos, inadecuadas.

Es primordial entender que por primera vez los humanos podemos dar una dirección a nuestra evolución y separarnos de la vía de la biología.

Samuel Butler es el primero en reconocer en el desarrollo de la tecnología el patrón descrito por la teoría de Darwin en 1863. Y es el primero en plantear un escenario apocalíptico en el que la guerra contra las máquinas debe ser declarada.

Lo que propone este artículo es una reflexión profunda y no una reacción primaria. La singularidad propuesta por Kurzweil es, necesariamente, la posibilidad más próxima a una decisión evolutiva inteligente. Lo artificial de la creación es relativo a la línea de base elegida. Finalmente, somos constituidos por artificios de la biología. Las diferencias basadas en materiales y en comportamientos serán aniquiladas y aquellas soportadas en mundos interiores místicos serán invalidadas por la existencia misma de lo humano capaz de recrear inteligencia.

Acercarnos a nuevas tecnologías, entender sus efectos en nuestra realidad como especie, requiere de todas nuestras herramientas y, especialmente, de nuestra inteligencia social, soportada en la institucionalidad.

Estas cuestiones de carácter profundo nos hacen preguntarnos por instituciones globales preparadas para lidiar con el futuro de la humanidad.

El único esfuerzo capaz de detener la evolución es la extinción, y en tanto eso sea así perpetuarnos evolutivamente siempre traerá cambios.


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