Galeano dejó huérfano al barrio

Imagen: Daniel Zanini

Eduardo Galeano murió hace menos de 30 días de un cáncer de pulmón que le estaba haciendo la vida imposible desde hace unos 7 años. Escritor, filósofo y cronista del fútbol, marcó una forma de hacer literatura y de ver el mundo a través de los ojos de América Latina. Dibujante de sus propios libros, recolector de historias, de goles, y de leyendas y mitos, logró que los ojos de los latinos se volvieran hacia adentro. Aunque murió a los 74 años, clasifica perfectamente para el obituario de esta sección. Tenía la extraña capacidad, junto con el botox y los videojuegos, de hacer sentir joven a casi todos los que lo experimentaban. Aquí algunas razones para esto.

Contaba Eduardo Galeano alguna vez frente a una reunión de libreros en Estados Unidos, que después de muchos muchos años, le había sido concedida la visa americana. Siempre se la negaron. Resulta que un día, cuando era muy joven, llenando el formulario requisito para acceder al documento norteamericano, vio una pregunta de esas que todavía hoy suenan ingenuas. Pero él, Galeano, era también ingenuo, y sobre todo, inocente. El dato que le pedían era muy sencillo y directo: “¿Planea usted asesinar al presidente de los Estados Unidos”. Se reía cuando lo contaba: “Por esos años yo era tan poco ambicioso que ni siquiera se me había ocurrido atentar contra el presidente de mi país!”, y pensando que todo era una grandísima broma, como si fuera un homenaje a sus maestros Mark Twain y Ambrose Bierce, el jovencísimo Eduardo contestó que sí, que él quería matar al presidente: “Me tomó más de 30 años convencerlos que no, que todo era una joda, que yo no era capaz de matar a nadie”.

El libro que Chavez le regaló a Obama

Para alguno, Galeano es el autor de Las venas abiertas de América Latina, el texto que quitó las lagañas de los ojos de tantos ignorantes de lo que pasaba en sus patios, en los propios y los traseros. Para otros, fue el autor que Hugo Chávez se atrevió a regalarle a Barack Obama, para que conociera la historia del continente.  Para el autor, era un libro que a pesar de haberle abierto las puertas al olimpo de la literatura del continente, desde hace unos años, casi se avergonzaba de e´l, y lo consideraba “viejo, anticuado y de una retórica pesada y pasada”.

Galeano nació uruguayo pero murió latinoamericano. Recorrió el continente primero por necesidad, perseguido por la dictadura de su país, y después por la Argentina, que lo mandó pescar. De allí saltó a Venezuela y de ahí a España. Y siguió saltando toda su vida de país en país, porque a todos consideraba su casa y todos los creían suyo. Galeano se metía entre los pueblos más miserables y más olvidados de todo el vecindario. Su oficio se escribía en papelitos, servilletas, recibos de caja, pedazos que lo acompañaban donde anduviera y en los que iba recreando las historia. Así, menciona historias de pueblos que nadie conoce, se salta las que todo el mundo ha visto, y va generando un camino de migas de memoria detrás del que muchos lo seguían.

Galeano entre muchos otros talentos consiguió lo que hace tantos años sonaba casi imposible: Eduardo volvió cool –él odiaba la expresión, aunque se reía cuando se la contaban- , sigo, volvió cool ser latinoamericano. Rescató la esencia de nuestras historias,  le quitó la pátina del olvido a tantas sombras, y devolvió la dignidad a su puesto, a gente, pueblos, y paisajes.

El guardián de la cultura Americana

Fue el primero que contó que la palabra América venía –antes que de Vespucio- de una tribu canadiense; hizo caer en cuenta de paradojas como esa que el Ché fue descalificado para prestar servicio militar por el ejército argentino; que el más colombiano de los colombianos nació en Venezuela; el más alemán de los alemanes en Austria, y el más francés de los franceses en Italia. “Claro, decían sus críticos que también formaban ejércitos- todo el mundo sabía eso!. De acuerdo, pero vamos al punto: Galeano fue el primero en ponerlos en el mismo párrafo.

En Ser como ellos, Galeano le hace una de las pocas entrevistas largas que dio el Ché Guevara. No tenía el mayor problema en citar grafittis de las calles del continente, donde se sumaba desde la poesía más callejera “Como gasto paredes recordándote” (en el malecón de La Habana), pasando por el cínico y duro “La letra con sangre entra, Sicario alfabetizador), hasta la cita de Soda Stereo “Un hombre alado extraña la noche”. Cuando le pregunté si sabía que eso era de la banda argentina, sonriendo sorprendido me dijo: “Voy a tener que contárselo a Gustavo”.

No siempre era simpático para todos los lados, y muchas veces resultaba incómodo. En El Libro de los abrazos cuenta la historia de cómo Pedro Antonio Marín tomó el nombre de su amigo Manuel Marulanda Vélez, un negro inmenso, y albañil a quien la policía de ese entonces golpeó hasta matar. Los amigos y camaradas decidieron que el negro Marulanda no podía desaparecer y por eso rebautizaron a Marín, quien más tarde sería más conocido como Tirofijo (de hecho, cuenta Galeano, que Pancho Villa tampoco se llamaba así; originalmente era el nombre del jefe de la pandilla que lo acogió).

El sujeto Galeano casi siempre va de la mano del verbo contar. Eso era lo que hacía y eso era a lo que se dedicaba, y por eso era tan querido y seguido. Por eso lo vamos a extrañar tanto. Porque se acabó la hora de los cuentos de Galeano y va a ser difícil reemplazarlo. Porque desde ahora, habrá que crecer sin su sombra protectora; y además estamos tristes, porque ahora lo que sigue es envejecer.

 


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