Colombia, el país del desacuerdo

Por María Fernanda Sanzón Maya

miércoles 18 de marzo de 2015

Como librepensadores es imposible no divagar e ir de un lado al otro del acontecer nacional e internacional y en ocasiones como esta, preguntarse sobre el porqué de los problemas del país, el porqué de tantas situaciones violentas y el porqué de la división en la opinión en un proceso de paz, situación ideal que interesa y afecta a todos.

La paz, asunto de todos y de nadie

No se trata de la paz de Santos, no se trata de la paz de Mockus, no se trata del concepto de paz de Uribe. Paz definida por la Real Academia Española es: la “[…] 2. f. Pública tranquilidad y quietud de los Estados, en contraposición a la guerra o a la turbulencia, y el 4. f. Sosiego y buena correspondencia de unas personas con otras, especialmente en las familias, en contraposición a las disensiones, riñas y pleitos. […]” Y si esto es así, ¿por qué continuar diciendo que la paz es de unos o de otros? Y peor aún, ¿por qué sabotear y criticar los intentos para llegar a esta?

Adicional y lastimosamente, la misma sociedad provoca que la paz y la sana convivencia sean de unos o de pocos, con los actos violentos cometidos casi a diario. Es así como, la ironía de la paz y la violencia en Colombia, la cual mencionaron varios medios de comunicación el pasado 8 de marzo y a lo largo de la siguiente semana giró en torno a la muerte de Príncipe, el perro que fue asesinado por el motociclista Juan Sebastián Toro, tan solo horas después de que culminara la Marcha por la Paz.

Intolerancia generalizada

La intolerancia en la vía fue lo que llevó a que una discusión entre vecinos terminara en la muerte de Príncipe. Un animal doméstico fue el objeto de venganza, cuando nada tenía que ver con problemas que si bien son triviales, se salen de las manos en una sociedad prevenida y siempre pendiente de la viga en el ojo ajeno. ¿Tenía el perro la culpa?, ¿cuál es el mensaje que deja esto a la sociedad?

Por supuesto que estas preguntas no son de fácil respuesta, más aún cuando las versiones de los hechos son tan distintas. Pero, la costumbre a que la violencia y las riñas estén presentes en el día a día ha llevado a que algunos opinen o se pregunten ¿qué vale más, la vida del perro o la defensa del motociclista? ¿Por qué tanto escándalo por uno de tantos perros? La discusión aquí, no debe centrarse en si es más importante el bienestar humano, que la vida animal, puesto que dicha discusión no viene a lugar, sino que la pregunta debería ser: ¿tiene lógica que una mascota termine perdiendo su vida a costa de la intolerancia en las vías de sus propietarios y ajenos? ¿Debe la gente estar armada “para su defensa”, en un país cuyo porte por particulares no es legal? Aparentemente, en el país del “¿usted no sabe quién soy yo?” estas preguntas tienen poca importancia.

Sociedad colombiana: ¿un odio colectivo?

Una columna anónima publicada en el sitio web de El Espectador el pasado 12 de marzo, sostiene en su encabezado: “poco en Colombia se ha estudiado la psicología colectiva más dominante entre sus ciudadanos: el odio que se tienen unos y otros.” En otras palabras, el autor afirma y desarrolla la idea sobre la existencia de un odio mutuo entre los ciudadanos cuando son desconocidos y que la camaradería colombiana, la cual es promocionada como atractivo para el turismo para extranjeros, se evapora cuando de situaciones como las mencionadas con anterioridad se trata. Plantea que son personas llenas de ira dispuesta a estallar ante un mínimo desacuerdo, lo cual es posible evidenciar en las calles, en las vías, en las riñas de bares y de estadios. Situación que demuestra el poco respeto que tenemos unos por otros, en pleno siglo XXI. En la misma línea, el antropólogo Fabián Sanabria afirma que la violencia en Colombia es un asunto cultural, debido a que los colombianos crecen entre la envidia y el egoísmo, sin el valor del respeto por los demás. Sostiene también que la nación colombiana padece un trauma por la violencia en la que ha vivido hace más de seis décadas, por la cual ha perdido la confianza en las autoridades y siente la necesidad de defenderse por sus propios medios.

Con respecto a las cifras, en un balance realizado por el Gobierno a enero del presente año, aunque los delitos en general se redujeron en un 20%, el año pasado Bogotá cerró con 1.345 homicidios, 65 más que en el 2013. En esta capital, junto a Barranquilla, Cartagena y Montería, se registraron aumentos de este delito. Por otra parte, en el resto del país hubo una reducción de 2.161 casos, con respecto al año inmediatamente anterior.

En este punto, cabe resaltar que son varios los opositores que tienen las teorías que afirman que los colombianos son violentos por naturaleza, puesto que dejan de lado causas como la evidente desigualdad social padecida históricamente, el problema de la distribución de tierras, la tan anhelada reforma agraria, el abandono estatal, entre otras. Pero de no ser así, por qué insistir en vivir a la defensiva, por qué insistir en la cultura del “verraco” es aquel que se sale con la suya, sin importar los medios. Se critica vehementemente lo que ocurre en La Habana, pero pocos se fijan en lo que ocurre cuando apenas ponen un pie en la calle. Por más acuerdos que se firmen y por más esfuerzos que se realicen, un verdadero proceso de reconciliación está lejos de la realidad, si continúan sucediendo actos cotidianos de violencia desde en el hogar hasta en la sociedad.

En conclusión, ¿no debería existir algo de preocupación por ser Colombia el segundo país en el mundo con la peor crisis humanitaria y se debería actuar al respecto, en vez de pelear, amenazarse y matarse entre todos? ¿No se debería dejar de lado el activismo virtual* para ofender y criticar y en cambio unirse o crear más causas con sentido? Esto es algo que cualquiera en calidad de ciudadano puede hacer, invertir su tiempo y capacidad mental en mejorar la convivencia en el país. Desvelarse por el bienestar del país y pensar cómo puede contribuir al respecto, en vez de trasnocharse siendo presa de campañas publicitarias virales acerca del color de un vestido. De la intolerancia al odio hay mucho trecho, pero sí Colombia es un país de gente buena, gente alegre, gente hospitalaria, ¿por qué no demostrarlo con buenos actos y con paz?

* Dicho activismo virtual está lejos de ser un verdadero activismo, si se utiliza solamente para criticar, pero no para actuar.

 @MafeSanzon


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