1915: Cien años de la “Cuestión Armenia”

Por Alberto Castrillón Mora

13 de abril de 2015
Imagen: MichaelBueker

Hace 100 años, el 24 de abril de 1915, por orden del gobierno otomano, 250 intelectuales armenios –escritores, sacerdotes, periodistas, poetas–fueron detenidos, forzados al exilio y asesinados en Estambul o en el resto del imperio. En lo que quedaba del año, y hasta el final de la I Guerra Mundial, millón y medio de armenios, la minoría más grande del imperio otomano, sería asesinada o dejada morir de cansancio, hambre, sed y frío de camino al desierto de Siria. Unos pocos miles sobrevivieron. Sus descendientes suman hoy unos once millones, repartidos en 150 países, de los cuales menos de tres millones viven en Armenia, una de las ex-repúblicas soviéticas. Según el historiador Eric Hobsbawm es “el primer intento moderno de eliminar a todo un pueblo”.

La Posición Turca

 Turquía, en principio, no niega que haya habido muertos y “excesos” contra la población armenia, pero oficialmente niega que las matanzas hayan sido parte de un plan sistemático, deliberado, de las autoridades otomanas para exterminar al pueblo armenio. Se utilizan eufemismos para referirse a este hecho: “deportaciones”, “reubicación”, “migraciones”, “daño colateral de la guerra”, etc. El artículo 301 del Código Penal considera delito, “insulto a la nación turca”, discrepar en este punto de la posición oficial. La pena contempla de seis meses a dos años de cárcel. Si quien comete el agravio contra Turquía lo hace en el extranjero, la pena se incrementa en un tercio.

El artículo 301 se toma en serio: el premio nobel de Literatura, Orhan Pamuk, fue procesado por afirmar en una entrevista en suiza que “En Turquía mataron a un millón de armenios y a 30.000 kurdos. Nadie habla de ello y a mí me odian por hacerlo”. Las amenazas subsiguientes y el asesinato del periodista turco de origen armenio, Hrant Dink, obligaron a Pamuk a salir de Turquía por un tiempo. Pamuk quien dice que nada lo obligará al exilio, volvió a ratificar lo dicho a finales del 2005. “Repito, dije alto y claro que un millón de armenios y 30.000 kurdos fueron asesinados en Turquía, y lo mantengo”.

Turquía considera inaceptable la presión de la Unión Europea para que reconozca las masacres contra los armenios. Los grupos nacionalistas turcos dicen que trata de un afán imperialista por volver a poner en marcha el Tratado de Sèvres (1920), que desmembraba al antiguo imperio otomano de la mayor parte de sus posesiones, como retaliación por su participación en la Gran Guerra al lado del imperio alemán y el imperio austrohúngaro, tratado que nunca se hizo efectivo.

La posición de Turquía con respecto a las muertes de los armenios es contraria a la de Argentina, Bélgica, Bolivia, Canadá, Chile, Chipre, Francia, Grecia, Italia, Líbano, Lituania, Holanda, Polonia, Rusia, Eslovaquia, Suecia, Suiza, Uruguay, El Vaticano y Venezuela, países que han reconocido el genocidio contra los armenios. Cuarenta y dos estados de la Unión americana también lo reconocen. También ha lo reconocen las regiones de Escocia, Irlanda del Norte y Gales, País Vasco, Cataluña, Ontario y Quebec, Australia Meridional y Nueva Gales del Sur, Crimea, Ceará y São Paulo.

 La tradición democrática de Uruguay dio el primer ejemplo, sin precedentes, a nivel mundial: hace medio siglo, el 22 de abril de 1965 se promulgó la Ley 13326 con la que empieza el reconocimiento internacional del genocidio contra los armenios, al declarar el 24 de abril como “Día de recordación de los mártires armenios”. La exposición de motivos de la Ley uruguaya es diáfana:

 “En este año de 1965 se cumplen los cincuenta años de uno de los genocidios más terribles que ha conocido la historia. En tierras del cercano Oriente, en lo que era el viejo y ya decante imperio otomano, en las mismas tierras en las que pasaron en otro tiempo los asirios arrasando pueblos y masacrando cuanto ser viviente quedaba, se cometió con terrible frialdad, el peregrinaje hacia la muerte del pueblo armenio cuya construcción había determinado previamente un núcleo tan joven como despiadado de políticos” (subrayado propio).

Las Fuentes Históricas

El gobierno turco niega que haya existido un genocidio y reitera que son los historiadores, no los poderes soberanos, los que deben establecer lo que pasó. La verdad es que son miles los documentos que atestiguan la matanza de los armenios, ya sean informes diplomáticos, como el del embajador estadounidense Morgenthau, o de los alemanes, aliados de los turcos, memorias de misioneros cristianos, o las memorias –favorables a los otomanos, por cierto– de un mercenario venezolano que prestó sus servicios al imperio otomano, Rafael de Nogales Méndez y muchos otros.

El consenso casi unánime entre los historiadores de Occidente es que el genocidio existió; incluso para el experto Michael Mann, quien se permite dudar de la autenticidad de los documentos en los que Enver Pasha, Talaat Pasha y Djemal Pasha parecen ordenar el genocidio. El triunvirato –“el equipo imbatible” le llamó el embajador Morgenthau– depuso al Sultán Abdul Hamid, llamado “el sultán rojo”, debido a las masacres cometidas a finales del siglo XIX, en las que murieron unos 300.000 armenios. Los armenios fueron asesinados en masa, antes o después de 1915. Antes por los sultanes y luego por los Jóvenes Turcos, de los que hacía parte el triunvirato que decidió la participación de Turquía al lado de las Potencias Centrales.

Podría discutirse si los historiadores occidentales se basan en fuentes documentales favorables a los armenios. No es así. Las memorias del mercenario De Nogales Méndez, no pueden menos que lamentar “las numerosas y totalmente injustificadas matanzas de cristianos, cometidas, si no por petición directa, al menos con la complacencia del comandante en jefe de nuestro ejército expedicionario, Khalil Bey”.

El silencio que quiere imponer hoy el gobierno turco también es de vieja data. De Nogales Méndez lo expresa así:

Había sido sentenciado a morir por el veneno, el cuchillo o las balas. Sabía demasiado. Había tenido la desgracia de ser el único cristiano, entre los sesenta mil turcos que habían aplastado la revolución de Armenia. Había presenciado escenas de las que ningún cristiano debía ser testigo, para ostentar el privilegio de vivir y contarlas más tarde… quienes habían cometido esos horrendos crímenes se daban cuenta de que si yo llegaba con vida a Constantinopla y divulgaba las informaciones que poseía, se verían en grandes dificultades para justificar su conducta (p. 121)

Por otra parte, si hubiera algún sesgo en los libros acerca de los armenios, la culpa es de Turquía. Si sabemos mucho más de las víctimas, dice Mann, es porque la mayoría de los archivos turcos siguen cerrados, porque las versiones turcas son inverosímiles y porque la negación del genocidio por parte de Turquía nos pone del lado de los vencidos.

Memoria

 El símbolo del centenario de las masacres contra los armenios es una flor, la nomeolvides. Impresiona la vitalidad y la energía de este pueblo armenio, de su diáspora que se opone al olvido. Tal vez quien mejor lo expresa es uno de los personajes de El libro de los susurros, una de las mejores obras sobre el genocidio armenio, escrito por el rumano Varujan Vosganian, hijo de la diáspora ramenia (p.76):

 “Los guerreros de mi pueblo me infundieron la fuerza para ser vencido, ya que únicamente los vencidos mueren de verdad por sus ideas y, precisamente por eso, a comportarme como un vencedor”.

 Frente a la razón de Estado, frente a la diplomacia, frente a los negocios, frente al olvido, son las víctimas, no los victimarios, quienes tienen la primacía moral y política. Y es deber de la humanidad hacer lo que toca para ello. Como dijo Varujan Vosganian en una visita que hizo a Colombia hace tres años: “el olvido es peligroso porque engendra indiferencia. Y lo que se olvida, puede repetirse. Las heridas no se curan por el olvido”.


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